Como es común en todos nosotros, más aún en los que hemos adoptado la tecnología de la web, en ocasiones encontramos noticias en formato de vídeo que nos aportan un germen de reflexión. Siendo así, al encontrar una breve reseña del historiador y egiptólogo Nacho Ares, accedí a una capa interesante de la técnica presente en la datación de estructuras pétreas.
Con ello, me viene a la mente que el estudio formal del pasado hace incuestionablemente necesario y obvio trascender la aparente solidez de las cronologías tradicionales, las cuales, al sustentarse primordialmente en testimonios epigráficos indirectos o en la datación por radiocarbono de restos orgánicos perecederos, se hallan expuestas a la distorsión producida por la reutilización de maderas o las usurpaciones arquitectónicas.
En este contexto, el artículo “Surface luminescence dating of some Egyptian monuments”, o sea “Datación por luminiscencia de algunos monumentos Egipcios”, publicado el 14 Mayo del 2014, concretamente en el “Journal of Cultural Heritage” por Ioannis Liritzis y Asimina Vafiadou, aborda la datación directa de la arquitectura pétrea monumental mediante la luminiscencia óptica y térmica de superficies (Surface Luminescence Dating, SLD)13. Dicho en pocas palabras, al medir el momento exacto en que la piedra fue labrada y ensamblada, la investigación busca verificar de forma independiente la historia constructiva de complejos emblemáticos como Guiza, Abidos y Qasr-el-Sagha.
Este avance metodológico ilustra cómo la profundización e innovación en los métodos científicos abren horizontes inéditos para el conocimiento humano. Con esto quiero apuntar a que la labor investigadora germina en la audacia de formular hipótesis previas, como la convicción y la esperanza teórica de que un fenómeno físico inadvertido, en este caso algo tan insospechado para los que somos profanos como la memoria lumínica atrapada en las trampas cristalinas de una roca labrada, que con el debido método y atención puede dar a lugar a un reloj cronométrico relativamente fidedigno.
Es precisamente esa confianza epistemológica en la validez del método la que motiva a los investigadores a consagrar años de esfuerzo a diseñar protocolos honestos y concretos, asumiendo la incertidumbre de la experimentación con el fin de propiciar giros copernicanos en paradigmas historiográficos que se daban por inmutables.
El fundamento físico del método de datación por luminiscencia descansa en el fenómeno del blanqueo solar, al que en el inglés técnico se le conoce como bleaching. En particular, durante el corte y la talla del sillar, la exposición diurna a la radiación solar vacía los electrones atrapados en las redes cristalinas de minerales como el cuarzo, los feldespatos y la calcita, “reseteando” a cero el reloj de luminiscencia geológica en los estratos más superficiales de la superficie tallada.
Al quedar la cara interna del bloque resguardada y ocluida en la oscuridad tras su colocación en la obra, el material recomienza una acumulación constante de dosis arqueológica provocada por la radiactividad ambiental circundante, como pueden ser isótopos de uranio, torio, potasio y rayos cósmicos.
En el laboratorio, mediante protocolos de termoluminiscencia con adición múltiple de alícuotas para calizas, o de luminiscencia ópticamente estimulada mediante alícuota única por regeneración y adición para areniscas y granitos, se cuantifica la dosis equivalente y se contrasta con la tasa de dosis anual para deducir la fecha en la que la superficie fue tratada. Claro está, todo ello con un margen de error notable, que aún se sigue trabajando en él.
Los resultados obtenidos en los diversos complejos validan en gran medida la secuencia dinástica convencional, y sin embargo introducen matices cronológicos que generan la potencia de restructurar lo que ya sabemos.
En lo particular de la meseta de Guiza, las muestras del Templo del Valle (3060 ± 470 a. C.) y del Templo de la Esfinge (hasta 3100 ± 540 a. C.) pueden apuntar a una génesis en el Reino Antiguo, si bien la detección de fases más tardías (1050 ± 540 a. C. y 1190 ± 340 a. C.) constata intervenciones y remodelaciones estructurales durante el Imperio Nuevo.
En Abidos, mientras la tumba de Jasejemuy (3100 ± 660 a. C.) parece corroborar con cierto grado de precisión la II Dinastía y el templo de Seti I refleja el Imperio Nuevo (1550 ± 200 a. C.), el núcleo megalítico del Osirion arrojó una fecha de 1980 ± 160 a. C., sugiriendo que su estructura insular fue erigida durante el Reino Medio (XII Dinastía) y remodelada siglos después.
Por su parte, el templo anepígrafe de Qasr-el-Sagha dio datos sobre una dilatada secuencia entre canterías arcaicas y ocupaciones de época romana.
En última instancia y sea como fuere, el trabajo de Liritzis y Vafiadou nos debe hacer entender que el estudio riguroso del patrimonio material no puede conformarse con la mera lectura pasiva de los textos legados por el tiempo. Es ejemplo con esto de la multidisciplinariedad como centro funcional y operativo de la investigación seria, debiendo unirse en cualquier ámbito todo lo que el ser humano conoce hasta el momento para que el cincel del conocimiento general pueda penetrar con fuerza en la oscuridad de lo no conocido.
Este método de aunar tanto como tengamos en la mano es algo propio de la forma en la que trabjamos en la Academia de Esgrima Láser, pues aunamos de manera constante cualquier disciplina a nuestro alcance para dar lugar a la inmersión más profunda que nos es posible, claro está atados a nuestras posibilidades, y orientados al entendimiento completo del conocimiento desde tantas perspectivas como sea posible.
Es por ello que, en el particular de la datación de las estructuras egipcias históricas, y al integrar la física nuclear, la geología, la arqueología y la arquitectura, en un marco experimental preciso y honesto, emerge ciencia y saber, que revela que los monumentos no son entes estáticos, sino testimonios vivos que albergan sucesivas fases de actividad y transformación.
Por tanto, cabe marcar como funcional, tanto el uso y conjugación de distintas disciplinas, como el diálogo constante entre la hipótesis teórica y la contrastación empírica, que no solo ensancha los límites de la arqueometría, sino que dota al ser humano de una herramienta soberana para disipar la oscuridad del pasado y dar luz a la historia desde una perspectiva más lúcida y universal.




