El concepto de salud está profundamente desvirtuado. Por eso, esta humilde reflexión tiene el objetivo de encontrar una definición lo más fiel posible a la realidad, o al menos lo que entendemos por realidad.
La definición más aceptada para salud solía ser la de la OMS: “un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades”.
Sin embargo, más adelante se modificó a “el grado en que una persona puede llevar a cabo sus aspiraciones, satisfacer sus necesidades y relacionarse adecuadamente con su ambiente”, ya que se considera que es imposible llegar a “un estado de completo bienestar”.
La palabra “salud” tiene su origen en el latín salus (o salutis). La raíz indoeuropea de esta palabra sol- (o solh-) significa “entero”, “total” o “intacto”. La raíz de salud es la misma que la de las palabras “sólido” y “soldar”. Podríamos decir que algo sólido es algo que tiene una estructura firme y que soldar es unir dos o más entes para conjugarlos en uno.
Históricamente, tener salud significaba haber sobrevivido a las agresiones del entorno. Salus no era solo salud, sino “salvación” o “seguridad”. Además, holos (ὅλος) en griego comparte la misma raíz que salus, es decir, sol- (o solh-). Holos significa “todo” o “entero”, por tanto, ambas palabras dan a entender que la salud significaba la integridad de un ente.
La palabra griega específica para referirse a la salud era, entre otras posibles aproximaciones, hygieia, de donde viene nuestra palabra “higiene”. Hygieia significa “vivir bien” o “estar sano”. Los griegos representaban la salud como la diosa Higea, hija de Asclepio, dios de la medicina. Higeia representaba la prevención y el mantenimiento del estado natural, es decir, el esfuerzo constante por sostener la integridad antes de que se rompa.
Podríamos decir que la salud representa la capacidad de un ente para mantenerse íntegro. Para que un ente pueda mantener su coherencia necesita tener una notable capacidad de regeneración y adaptación. Un ente no podrá mantener su unidad funcional si no es capaz de sobreponerse a las situaciones que derivan del contexto en el que se encuentra, siendo el deterioro de su organismo una de estas situaciones.
El organismo se enfrenta a un deterioro continuo, entendiendo este como la acumulación de daños por entropía o agresiones externas que superan la capacidad de regeneración. No debemos entender el catabolismo (degradación de moléculas) solo como deterioro, ya que este proceso metabólico es esencial para que el anabolismo (síntesis de moléculas) no derive en patología, y viceversa.
Por tanto, la destrucción no debe ser entendida como deterioro, ya que esta no tiene por qué derivar en una situación negativa para el organismo. Asimismo, el estrés controlado, o eustrés, no debería ser entendido como negativo, ya que genera un deterioro parcial que, sin embargo, contribuye a esa adaptación futura tan necesaria para mantener esa integridad. Por tanto, el estrés descontrolado o distrés es el deterioro del que deberíamos protegernos.
En conclusión, podríamos definir la salud como la capacidad dinámica de un organismo para mantener y restaurar su integridad funcional frente a la entropía interna y las agresiones externas mediante mecanismos eficientes de adaptación y regeneración.
Salud (S) = (Capacidad de regeneración (R) + Capacidad de adaptación (A)) / (Entropía interna (E) + Agresiones externas (D))
S = (R + A) / (E + D)
Esto quiere decir que cuanta más capacidad de adaptación y regeneración tenga un ente, más posibilidades tendrá de estar saludable.

