(Extracto del "Tratado del Agradecimiento")
La República y el Imperio Romano sistematizaron la gratitud como el cemento de la autoridad política a través del euergetismo (del griego "hacer el bien"). Con ello, los magistrados y la aristocracia senatorial financiaban obras públicas, juegos gladiatorios o banquetes, como una inversión estratégica para transmutar capital económico en auctoritas y poder coercitivo.
Mediante la distribución de la sportula (canasta de comida o dinero) a la plebe, el patricio establecía una relación de clientelismo. Siendo así, el ciudadano romano, al aceptar el beneficio, quedaba atado por la fides (lealtad) y la obligación de agradecer públicamente al benefactor, apoyándolo en comicios y litigios.
Esta dinámica de agradecimiento institucionalizado neutralizaba o disminuía notablemente la capacidad de oposición política de las clases bajas, cuyos vectores de interés eran alineados con los del patrón mediante la dependencia de su generosidad. Asimismo, esta práctica funcionaba como una barrera de entrada para nuevos opositores políticos, quienes, incapaces de igualar el gasto suntuario de los clanes establecidos, quedaban excluidos de la carrera de honores (cursus honorum), derrotados no por las urnas, sino por la imposibilidad de generar gratitud masiva.

