Baña el poniente en cárdenos furores

los escarpados riscos de la sierra;

tiñe de sangre el oro de la tarde

sobre el silencio de la agreste tierra,

y a contraluz, altivo en la quebrada,

inmóvil como el bronce del peñón,

mira el íbero la legión confiada

que al hondo paso baja en confusión.

 

Cubre su pecho el lino deslumbrante,

orlado en grana de encendida rubia;

recia la fíbula en el hombro diestro

prende del sago la vellosa lluvia,

y en el ancho ceñidor de duro cuero,

con plata y hierro en árabe primor,

reluce el pomo del temido acero:

la hoz que aguarda el trance del dolor.

 

A su espalda la caetra pende muda,

sujeto al pecho el fúlgido cordaje,

y en la diestra viril, pesada y ruda,

viste el soliferreum su coraje.

No suena el pie con el esparto atado,

calla la roca a su flexible andar;

mientras abajo, el pueblo encadenado

en vano orgullo siente su marchar.

 

Vienen los fieros hijos del Lacio,

ciegos al lazo, torpes en la brecha;

bronce pesado que la marcha agota,

pesada gloria que el peñasco estrecha.

¡No saben, no, que sobre sus cervices

la sombra pende de un fatal destino,

y que las fauces de los hondos sauces

serán la tumba de su error mezquino!

 

Mas no hay soberbia en la mirada oscura

del veterano que en la cumbre acecha:

trae en el alma la herida más impía,

la amarga huella de la lid deshecha.

Aún en las noches de silencio y duelo,

cuando en su lecho la memoria vela,

vienen a abrirse en espantoso vuelo

los ojos yertos de los que él degüella.

 

Fijas pupilas de enemigos muertos

que en vano sueña con borrar del pecho;

rostros sin voz que entre las sombras mudas

pueblan de espanto su postrado lecho.

Mucho ha segado con la curva hoja,

mucho ha pagado con sufrir su afán:

sabe que el hierro que de sangre moja

deja en el alma soledad y pan.

 

Y hoy es la tregua de su propio hado;

hoy es el juicio de su incierta suerte:

o el golpe fiero de la lid postrera,

o el dulce olvido que a la paz convierte.

 

¡O caer con la falcata

en la diestra ensangrentada,

y que el buitre en la hondonada

rompa el lazo corporal,

mientras la pira de encina

quema en cenizas su lanza,

y alza su nombre en bonanza

por la senda celestial;

 

o bajar al valle amigo

con el alba victoriosa,

estrechar a su amorosa

compañera en el hogar,

despojarse de la guerra,

olvidar el hierro impío,

y en el seno de su río

con su pueblo reposar!

 

Toca la cumbre el fúnebre destello,

calla el abismo, la emboscada empezó;

tiembla en el risco la feral figura,

cruje la sombra con mortal vigor.

Alza el acero, la caetra aprieta,

salta a la niebla con pasión...

¡Que esta noche es la muerte o la morada, 

luchando por la tierra que siempre amó!