La raíz indoeuropea de la palabra “soledad”, así como de “solitud”, es *s(w)e-. El significado de esta raíz es “separado” o “uno mismo”, siendo la misma raíz que dio origen al reflexivo “se”, al posesivo “su” y a la palabra “sí” de “sí mismo”.
Esta raíz evolucionó a *sol-, que derivó en el latín solus. En su origen antiguo, la soledad no era “falta de gente”, si no la “afirmación de la propia identidad”.
En el griego se usaban dos conceptos muy distintos para referirse a la soledad; monos (μόνος) y eremos (ἔρημος). Monos, de donde viene monje o monólogo, significa “único”, “solo” o “uno solo”, refiriéndose a la unidad numérica. Por su parte, eremos, de dónde viene ermitaño o páramo, significa “desierto”, “deshabitado” o “abandonado”. Eremos era un lugar peligroso fuera de la polis. Estar solo fuera de la sociedad era perder la condición de humano.
El latín concebía la palabra solitas, la actual “soledad”, como la cualidad de quien ha sido dejado solo o está desamparado, es decir, se usaba para describir estados de abandono o la condición de huérfano o viuda. Sin embargo, solitudo, hoy en día “solitud”, no solo era estar solo, sino el lugar o el retiro donde uno se encontraba. Era el espacio mental necesario para la autarkeia, la “autosuficiencia”. Era un ejercicio de libertad; estar solo con tus pensamientos y con la razón universal.
Está claro que nadie quiere sentirse solo, nadie quiere soledad. Nos despoja del motivo único por el cual hacemos lo que hacemos. Podemos obtener el conocimiento, sí, mas sin embargo no podemos expandirlo. ¿Para qué obtenerlo entonces?
Es percepción de este que escribe que cada vez menos personas buscamos la solitud, siendo esta la decisión propia de mantenerse al margen de la compañía. Y no solo evitamos la compañía humana, sino también la compañía de otro animal, música o formato que nos distraiga de lo que tenemos en nuestra mente.
La solitud permite que nos enfrentemos con nuestro ser, al final, que obtengamos más conocimiento de nosotros mismos. Esto genera un conflicto interno percibido como un reto muy notable. Enfrenta lo que nos decimos que somos contra lo que realmente sabemos que somos.
En solitud se levanta esa alfombra que cubre toda la mugre que no queremos limpiar y que duele arrancar. Aparece así ese espacio donde dejamos de proyectar nuestra sombra en los demás y aceptamos que esa basura es nuestra.
Esta alfombra siempre va a cubrir cierta miseria, sin embargo, cuanto más esperemos a levantarla, más costará hacerlo y más sufrimiento encontraremos debajo. Por lo tanto, veo conveniente levantar esta alfombra de vez en cuando para así poder conocernos cada vez un poco más y poder ser más eficientes a la hora de obtener conocimiento para compartirlo.
Ahora bien, hay que tener cuidado a la hora buscar esa solitud. Esa búsqueda de aislamiento puede convertirse, si se extiende demasiado en el tiempo, en soledad. Cabe aclarar que la soledad es la percepción subjetiva de no estar acompañado.
Por tanto, podríamos decir que sería ideal buscar el equilibrio entre solitud y compañía, para que no nos descuidemos entre la masa y perdamos nuestra esencia, y para que tampoco nos aislemos y perdamos nuestra condición de humanos.
La solitud es un replegarse para expandirse: nos otorga la oportunidad de volver a la compañía teniendo algo auténtico que ofrecer, mientras que la soledad nos desconecta de la capacidad de ofrecer algo.
Hoy, el eremos no es un lugar físico, si no el momento en el que apagamos las pantallas, el momento en el que, como diría Blaise Pascal, nos encontramos con nuestra propia nada.
En mi humilde experiencia, estos dos conceptos, la solitud y la soledad, son fáciles de confundir. Puedes creer que estás buscando ese aislamiento para poder conocer los entresijos de tu mente y, sin embargo, estar sumido en una soledad que en realidad no te deja conocerte, ya que esta soledad hace que busques constantemente distraerte de tu ser.

