Dejar atrás algo, por ejemplo, un espacio habitacional por otro, a priori mejor, forma parte de nuestra propia naturaleza. Este hecho demuestra que no somos entes estáticos, si no que la propia dinámica de la vida cambia el medio, a veces de manera notable. Por extensión, los vectores de interés de los individuos se ven modificados. Habitar un lugar es solo una forma temporal de sostener nuestro propósito o interés antes de que el medio nos obligue a desplazarnos nuevamente de una manera consciente.

Debemos de tener en cuenta que cuando se produce el cambio, inevitablemente tendemos a comparar. No hay cambio sin una referencia. Es por ello que el conflicto en uno mismo se vuelve inevitable, la disonancia entre el apego a lo conocido y la incertidumbre de lo que vendrá actúa como un leitmotiv de nuestra evolución. Siendo la razón y el conocimiento herramientas básicas para tomar decisiones que mantenga estable nuestro punto de interés.

El fenómeno de la vida nos dice precisamente esto, al tener un propósito claro, nos aleja de la entropía, ya que proyecta al individuo en una dirección y con una intención que pretende preservar su propia coherencia en pleno conflicto permanente con su entorno. Este esfuerzo constante y consciente de la vida por no desvanecerse en el desorden se traduce en una vigilancia perpetua.

Es por ello que el hecho de existir obliga a desplazar conscientemente nuestros vectores de interés para adaptarnos a las nuevas circunstancias, siendo estas a veces impredecibles y tendentes a la entropía. El conflicto resultante ha de tender a resolverse bajo el auspicio de la razón y el conocimiento.