Adicionalmente, estas reacciones tienen a ser modificadas por el contexto, pues la velocidad con la que escala la violencia, la tipología de los golpes, la magnitud de estos y el cese de las hostilidades, van a depender de varios factores, todos ellos determinados por los aspectos del entorno que interfieran en las emociones sentidas o los matices de estas. De esa manera, un conflicto entre machos de Hommo sapiens tenderá a ser doméstico si no hay una percepción de peligro para la prole. Sin embargo, cuando la reproducción o la viabilidad de esta esté en cuestión, el conflicto tenderá a ser más cruento, pudiendo raramente llegar a haber propósito letal. En este caso, podemos ver que el profano marcial ha hecho uso de unos recursos que no ha estudiado, ofreciéndole a las emociones el recurso instintivo de dar golpes a otro, de una manera estadísticamente efectiva, que tiene escasas posibilidades de resultar útil frente a un opositor entrenado. En un contexto arcaico, el humano que actúa llevado por la emoción emergente de la oposición tiende a imponerse por la fuerza, siendo su técnica algo que emana de su instinto y que resulta relativamente funcional ante cualquier otro sujeto sin preparación, que es el estándar histórico. Sin embargo, resulta profundamente ineficiente dejarse llevar por la emoción al verse contrariado en el contexto moderno de una sociedad compleja, con leyes más allá del derecho natural, con opositores de distintas naturalezas y con la posibilidad de que estos porten armas de distinta índole, a cual más tecnológica y compleja de prever en su forma y potencial. Conclusiones:  Nadie debería dejarse llevar por las emociones si pretende obrar en coherencia con un código complejo, pues estas son un recurso funcional, mayormente, en contextos socialmente simples, con escasa perspectiva del entorno y con recursos instrumentales arcaicos. Por tanto: El Furasshu, como arquetipo del guerrero racional, bajo ningún concepto deberá llevar a cabo el ejercicio armado condicionado por la emoción, pues la presencia del arma láser convierte al contexto en un teatro en el que existe cultura, sociedad y tecnología, lo que deja a la emoción como un recurso obsoleto, que se habrá de experimentar únicamente para facilitar la comprensión de la naturaleza humana, así como la relación con su entorno. “El Furasshu entenderá sus emociones, obrando siempre desde la razón.” – Comprendo la idea que subyace a sus palabras. La violencia es fruto de la falta de formación, de la incultura y de la falta de previsión respecto a un futuro hipotético más ventajoso para aquel que la ejerce. Un arma, entendiéndose esta como cualquier elemento usado para ofender, será siempre el recurso a desechar por parte del individuo formado, que en su anhelo de cumplir con el arquetipo del guerrero, el Furasshu, quedará siempre relegado al último lugar de las herramientas a utilizar para contender con el conflicto. Gracias, Maestro. LAS FUENTES DEL CONOCIMIENTO Y SU VALIDEZ  A colación de las emociones y su papel en el anterior capítulo, se me plantea una duda. Por ponerla en contexto, dentro de la Academia de Esgrima Láser aprendemos que el fin último de la humanidad es la extinción, ya que tarde o temprano, el universo se extinguirá de una u otra forma, llevando a su fin toda realidad conocida, siendo la difusión del conocimiento lo único que nos puede hacer cooperar de forma natural y retrasar así todo lo posible este inevitable desenlace. Me gustaría ahondar sobre el concepto de conocimiento. Para generar esto, es esencial obtener previamente información. Este último concepto podría definirse como aquel conjunto de datos que, de forma consciente e inconsciente, dan identidad a aquello que está presente en el contexto del usuario. Por tanto, es la interpretación consciente de dichos datos lo que da lugar al conocimiento. La aplicación y adaptación de esta interpretación a la proactividad sobre un determinado contexto genera inteligencia, la cual, nos permite elaborar unas pautas de actuación adaptadas a lo largo de dicho proceso, esto es, estrategia, culminando en lo que llamamos táctica en el momento en que nos introducimos en el plano práctico del desarrollo de esta. Tradicionalmente, se ha afirmado que “el conocimiento es poder”. Si entendemos la lógica del esquema anterior, la actuación óptima en cada contexto, atendiendo exactamente a la intención del usuario, nos otorgaría el éxito absoluto en todas y cada una de las situaciones donde nos viéramos inmersos. A priori, la obtención del conocimiento nos haría ser más exitosos en todo aquello que nos propongamos. Es más, otro mantra popular que aún perdura en nuestros días es ese de “leyendo se cura la incultura”, haciendo referencia a que cuanto más conocimiento genere un individuo, mayor será su índice de cultura, ligando esto con una de las premisas esenciales de la Academia que reza que, a mayor conocimiento, menor será la tendencia al conflicto. Una vez más, la lógica parece irrefutable, pero nada más lejos de la realidad. En la primera mitad del siglo XX, el por entonces mayor dirigente de la Alemania nacional-socialista, atesoraba tal cantidad de libros, repletos de todo tipo de información, que su biblioteca era considerada una de las tres más grandes del mundo de por entonces. Es sabido que dicho individuo era un lector ávido, por lo que, en teoría, la absorción de toda esa información, transformada conscientemente en conocimiento, debería haber hecho que el conflicto global que conocemos como II Guerra Mundial no debiera haber tenido a este señor como uno de sus principales protagonistas. Con este ejemplo, en el que la voluntad e intención de un individuo son independientes del conocimiento que este atesore, me planteo la duda referida al inicio de este capítulo. Vaya por delante aquello de que el bien y el mal son conceptos subjetivos, y por tanto, no deseo centrarme en enjuiciar, dada que mi opinión subjetiva mostraría un claro rechazo a la figura que menciono en el párrafo anterior, sino más bien, en la obra y resultado generados meramente por el conocimiento que alguien obtiene.  – Maestro, si un individuo alberga la voluntad principal, si no la única, de hacer el mal, en el sentido más visceral y violento posible, sin ningún tipo de justificación acorde al derecho natural, ¿no deberíamos aceptar el conocimiento difundido solo si este proviene de una fuente válida? – Javier, en primer lugar, alabo la manera en la que estás manejando lo aprendido. Creo que estás haciendo un uso profundamente eficiente de los conocimientos que adquieres, pues tus preguntas son cada vez más concretas y nutridas. Eso denota un crecimiento claro en tu perspectiva, lo que, sin duda, ya te hace un mejor profesional, sea cual sea el área en la que desarrolles tu labor. Antes de continuar, hemos de saber que tener acceso a la información no significa tenerla integrada al conocimiento propio. Es este conocimiento propio el que actúa como filtro de lo que observamos. Sin embargo, por mucha información que tengamos en una estantería, esta no formará parte de nuestros sesgos hasta quedar totalmente interiorizada por nosotros, cosa que es profundamente compleja hacerla de manera neutral y absoluta. “Tener acceso a la información no es sinónimo de tener el conocimiento adquirido o poseer la potencia de aplicarlo.” No confundas con un sabio a aquel que lee mucho, pues para aprender no solo hay que ser capaz de interpretar las letras, sino que es preciso poseer un conocimiento previo que contextualice la nueva información adquirida y controle al conocimiento propio. Profundizando en la cuestión que me propones: El bien y el mal, tal y como apuntas y ya hemos hablado, son conceptos relativos. Sin embargo, entiendo y concreto que el mal al que haces referencia, es aquel que se enmarca en los actos contrarios a los intereses propios, de los allegados o del entorno, que afectan negativamente al desarrollo eficiente de los eventos. Siendo así, he de decir que nadie pretende hacer el mal, pues la naturaleza del propio ser, producto de la evolución, lo impide, dado que la evolución se sostiene en permitir la supervivencia de los sujetos más válidos, y poco o nada válido resulta un sujeto que lleva a cabo acciones en contra de sí mismo, su comunidad o su entorno. De esa manera ha quedado marcado, en la totalidad de las especies vivas existentes, que se ha de obrar en relación a unos intereses, comunes o particulares, que hagan del desarrollo del grupo una labor más sencilla. Con ello se han creado mecanismos instintivos que denostan a aquellos que obran de manera disfuncional, que se manifiestan en mayor medida en el contexto natural, donde los condicionantes culturales son limitados. Sin embargo, sí es posible que algún individuo pretenda hacer algo a favor de sí, de su contexto social o de su ambiente, que realmente sea ineficiente o que se confronte con los intereses de los observadores. Será entonces cuando estos que puedan ser testigos lo describirán como “malévolo”, “negativo” o “nocivo”. Sin embargo, ese acto disfuncional, para poder tener lugar, habrá de quedar justificado por el individuo que lo lleva a cabo, pues de lo contrario, no existirá tal comportamiento más que como una anécdota, producto de la confusión eventual. “El mal es la interpretación sesgada de la obra agente por parte del opositor paciente.” Dicho esto, toda obra es fuente de conocimiento y así debe considerarse. Una veces, dicha obra ofrecerá información sobre el autor, otras sobre su propósito y otras sobre los métodos con los que pretende el éxito, siendo común que una obra ofrezca información general de todo lo que la rodea. Esto hace que, independientemente de la fuente, toda obra sea potencialmente válida como fuente de conocimiento, pues no dependerá su valor del autor, sino de aquel que interpreta los hechos, quedando en su mano el aprovechamiento del conocimiento emergente de los eventos, siendo clave para ello la capacidad de comprender lo acontecido. O sea, que respondiendo a tu pregunta sobre si deberíamos aceptar el conocimiento difundido únicamente si este proviene de una fuente válida, te digo que: “Todo conocimiento difundido es válido como fuente de información, independientemente del origen o naturaleza del autor, siempre que el receptor sea capaz de generar una gestión funcional que permita su uso y aplicación.” Es por ello que aquel que observa los acontecimientos ha de estar preparado para entenderlos, pues de su comprensión depende la potencia de aprender. Por ende, es necesario atesorar tanto conocimiento como sea posible, dado que eso magnifica las posibilidades de atender a los eventos que nos rodean y sacar información de ellos, de manera neutral, minimizando las posibilidades de calificar como bondadosos o malévolos a aquellos que obran. Lo anterior genera que disminuya la posibilidad de caer en la pulsión de pertenecer a un grupo concreto, que pueda hacer entender al ajeno como opositor, por el mero hecho de tener intereses enfrentados a los nuestros. “A mayor conocimiento, mayor neutralidad.” Es este principio el que nos obliga como esgrimistas a aprender del uso de las armas, pues esto nos prepara para tener un juicio sobre el conflicto, aristotélicamente virtuoso y formado, minimizando las posibilidades de que participemos de este, aumentando la potencia de controlarlo. Será de esa manera que el uso de las armas asistirá a no necesitarlas. – Entiendo lo que apunta. Igualmente, querría plantear el siguiente ejemplo: un hombre adulto sin patologías mentales que, por mero acto de salvajismo, maltrata cruelmente durante un tiempo indeterminado a su hijo de dos años hasta que eventualmente acaba matándolo. En este caso, el conocimiento de las habilidades tan viscerales y crueles, de transmitirse a un tercero, generaría dos problemas. El primero plantea que si la información, para ser integrada y convertirse en conocimiento, requiere de un filtro individual y único en cada uno de nosotros, ¿cómo podemos asegurar que el conocimiento que se transmite no desemboque en más caos que entropía? – Javier, de nuevo he de aclarar que no existe el salvajismo puro, estrictamente sostenido en la voluntad de generar el mal. Repito que cualquier comportamiento animal, y por ende humano, está sostenido en una motivación, normalmente instintiva. Esto es así por pura selección natural, pues es importante entender que un sujeto predispuesto a perturbar a su entorno tiende a ser rechazado por los de su especie o exterminado por la naturaleza. De una u otra forma, su manera de actuar, marcada por su genética, no alcanza la reproducción, y por tanto, tenderán a no repetirse dichos comportamientos. Sin embargo, entiendo que algunas veces existen comportamientos que no somos capaces de explicar, pues las motivaciones que llevan a ellos están tan lejos de nosotros que nos parecen producto de un hechizo que nubla la mente hasta actuar sin lógica aparente. En ocasiones aparecen anomalías en la psique de algunos, y con ello, la siempre presente posibilidad de que un individuo sufra un trastorno puntual, y mientras la selección natural hace su trabajo, se generan daños colaterales. Una vez he remarcado esto, te contesto: “La única forma en la que el conocimiento adquirido no queda fuera de control es controlándolo con conocimiento más elemental y universal, que una las partes en un todo coherente.” Con esto quiero decir que entiendo tu temor fundamentado en la existencia de un conocimiento que pueda caer en manos de aquellos que pretenden darle un uso ineficiente, más aún, teniendo en cuenta que el conocimiento es el arma más potente posible. Sin embargo, la única manera de contener el poder de dicho conocimiento es atarlo a otro conocimiento, sujetándolo, haciendo que se una con otros saberes, que lo contextualizan y lo organizan, dándole el lugar que tiene. De esa manera, todo conocimiento podrá ser potencialmente nocivo, siempre que quede sin control de su dueño y separado de otros ámbitos del saber. – Entiendo lo que expone, Maestro. Respecto al segundo problema, pregunto: ¿por qué permitir que el conocimiento potencialmente perjudicial se transmita con la misma validez que, por ejemplo, el que nos explica cómo realizar una RCP o una maniobra de Heimlich? – Aquí estamos en un punto en el que es necesario definir y diferenciar los distintos estratos del conocimiento, que se compone de información, y esta, a su vez, de datos. Dato: “Un dato es la observación cruda, con valores y magnitudes comprensibles, de elementos o interacciones del universo.” Los datos son la fracción mínima que conforman la información, emergiendo esta cuando hay variedad de ellos, en magnitud y dimensión.     Para que existan datos, se precisan mediciones que devuelvan magnitudes de un rasgo concreto de algo conocido. Información: “La información es la interpretación natural de los datos obtenidos.” La información es el objeto producido por la unión de la comparación entre datos, que precisa de la semántica que les atribuye función en un propósito para ser funcional. Para que exista la información es preciso que se comparen datos que pertenezcan a un contexto común o complementario para el que pretende informarse. Conocimiento: “El conocimiento es la conjugación y aplicación de la información a la resolución de problemas.” El conocimiento es un fenómeno emergente de la disposición de la información y la aplicación intencional de esta en un propósito resolutivo. Para que exista conocimiento se precisa de un propósito al que aplicar la información, como clave para actuar de manera útil al respecto, generando un cambio en la evolución prevista que tendrían los acontecimientos en caso de no obrar. En resumen: “Los datos son la materia prima de la información, que a su vez es la base del conocimiento. La información es un dato con significado, mientras que el conocimiento es la capacidad de usar la información para tomar decisiones y resolver problemas.” Teniendo esto claro, todos los datos que podemos obtener de un sujeto que resulte perturbador para la sociedad, tan solo nos marcan magnitudes de elementos inconexos. Por ejemplo, el número de víctimas que tiene un sujeto, la cantidad de pérdidas que ha producido o los leucocitos que tiene en su sangre. Esos datos son interpretados por nosotros al compararlos con otros datos, procedentes de otros sujetos, o incluso de expectativas. Con ello se generará el contraste de los datos necesarios para que aparezca información útil y que así pueda entenderse todo con cierta perspectiva. Esto es lo que se hace al estudiar a un individuo y contrastar los datos de su estado con un potencial cuadro clínico. Al conjugar todo, podemos extraer la información que nos dice si el paciente está o no sufriendo una dolencia concreta, o de si es una víctima o un victimario. Por otro lado, queda claro que el conocimiento es aquello que emerge cuando usamos la información para cubrir las necesidades de un problema, permitiendo solventarlo. Ejemplo de esto es un médico que tiene información sobre medicamentos e información sobre un paciente. La conjugación de dicha información es aparentemente inconexa, sin embargo, la aplicación de esta a la solución de la enfermedad del paciente es lo que resulta ser el conocimiento. Igualmente, el conocimiento se manifiesta cuando, a raíz de unas informaciones, se desarrolla un plan para atrapar a un terrorista buscado. Con esto podemos decir que: “Por muchos datos que se tengan, no se tiene información hasta que no se comparan.” “Por mucha información que se posea, no se tiene conocimiento hasta que no se conjuga y aplica, con el fin de solucionar un problema concreto.” Una vez comprendido esto, te digo que el hecho de que un sujeto nos facilite una información, o la obtengamos por nosotros mismos, no hace que esta se convierta en conocimiento. Esto es idéntico a que tú puedas acceder a internet, y sin embargo, no seas médico, pese a estar toda esa información en la red de redes. Adicionalmente, podemos encontrar en la sociedad a sujetos que tienen un volumen notable de información, y que sin embargo, por no quedar plenamente complementada, toman decisiones y aplican esa información de manera poco eficiente, otorgándole a su conocimiento manifestado un valor menor, con base en la eficiencia de este. “La capacidad de complementar información le otorgará funcionalidad al conocimiento.” Por otro lado, que un individuo actúe, obre o se exprese de cualquier manera, hará que se obtenga información sobre él, que se convertirá en conocimiento cuando se conjugue con lo sabido y se aplique para la resolución de lo que se supone problemático. Por ende, si un individuo emisor de información tiene un determinado discurso, no será este lo que podrá generar daño, pues es mera información. El daño será posible cuando este u otro individuo receptor considere una problemática concreta, estableciendo su propósito, y determine que, únicamente con la información del primero, sin complementar, se generará el conocimiento necesario para actuar u obrar. De esta manera, tenderá a obrar en oposición a los intereses de otros, pues no es consciente de los intereses de ellos, o no lo ha tenido en cuenta para decidir su propósito. Paso a explicarte las posibles catalogaciones de la obra de un individuo, con base en la eficiencia de esta que emana de la conjugación de la información que dispone: “Una obra tiene lugar cuando el conocimiento se aplica a un propósito concreto.” Esta obra puede ser eficiente, ineficiente, deficiente, u opositora, teniendo en cuenta la capacidad que tiene para solucionar un problema en relación al éxito y al esfuerzo necesario para ello. En la teoría de vectores, la eficiencia de la obra será la rectitud del vector de interés de un sujeto, siendo la mayor rectitud de esta la manera más eficiente de llevarlo a su objetivo de interés. Obra eficaz: “La obra eficaz es aquella que cumple con su propósito.” Obra ineficaz: “La obra ineficaz es aquella que no cumple con su propósito.” Obra eficiente: “La obra eficiente es aquella que cumple el propósito con el menor esfuerzo posible.” En la teoría de vectores, la obra eficiente es aquella que genera un vector de interés que lleva directamente al objetivo de interés con absoluta rectitud y sin curva alguna. Obra ineficiente: “La obra ineficiente es aquella que cumple el propósito con mayor esfuerzo que el de otra solución posible y conocida.” En la teoría de vectores, la obra ineficiente es aquella que genera un vector de interés que contiene curvas injustificadas, que hacen al vector más largo de lo que resulta estrictamente necesario. Obra deficiente: “La obra deficiente es aquella que no cumple con su propósito, pese a haber existido posibilidad de ello.” En la teoría de vectores, la obra ineficiente es aquella que genera un vector de interés que aleja al ente de interés de su objetivo de interés, o que no desplaza al ente de interés por la dimensión del interés que necesita para alcanzar su objetivo de interés. Obra opositora: “La obra opositora es aquella que se enfrenta a un propósito.” La obra opositora es aquella que da lugar a la intersección de los vectores de interés de un ente, haciendo que se desvíen ambos vectores en relación inversa a su masa. La obra opositora tenderá a ser ineficiente, pues precisará de la corrección en los vectores de interés que intersequen, dado que estos tenderán a alejarse tras la interacción, haciendo necesario un sacrificio o esfuerzo para reubicar la orientación de dichos vectores. Una vez clasificada la obra en la que se aplica el conocimiento, esta se tenderá a concebir como ineficiente por dos motivos principales: La obra ineficiente, por ignorancia, tiene lugar cuando el sujeto receptor de la información pretende solucionar un problema con información escasa o sesgada, sea esta de fuente propia o de un ente emisor. La obra ineficiente por oposición tiene lugar cuando la obra, en su propósito, se opone a los intereses de otro que emite un juicio sobre esta. “La misma información da lugar a conocimiento distinto, dependiendo de con qué se conjugue.” Ejemplo de esto es un individuo insurgente que está sesgado por unas ideas concretas, que le hacen actuar de manera sesgada por su emoción. Al escuchar una información sobre cómo se puede confeccionar un artefacto explosivo improvisado, decide que construirlo y usarlo es la mejor solución para un problema político de su nación. Su obra es ineficiente, pues habría otras soluciones para sus intereses. “Usar el conocimiento con base en unos intereses poco eficientes no hace disfuncional a la información que lo compone.” Ejemplo contrario es un técnico especialista en desactivación de artefactos explosivos, que escucha la misma información que el insurgente, y eso lo conjuga con el resto de su conocimiento sobre la manera en la que es funcional solucionar los problemas de la sociedad, dando como resultado futuras operaciones donde previene la activación de artefactos explosivos improvisados. “El conocimiento utilizado para cometer un crimen podría ser utilizado para prevenir futuros crímenes, pues se parte de la misma información, usada en vectores opuestos.” Cualquier información es válida, y por ende, cualquier conocimiento potencial, independientemente de su origen gracias al constante aprendizaje, puede conseguir su contextualización para aplicarlo de manera funcional a nuestro propósito. O sea, que no hay información que sea intrínsecamente inútil o irrelevante, pues por muy trivial o aparentemente irrelevante que parezca, puede ser útil si sabemos cómo contextualizarla. “Toda información aumentará la masa del ente que la recibe, y con ello, magnifica la capacidad de mantener la coherencia e inercia en el vector de interés al ser potencialmente usada como conocimiento.” Por tanto, es nuestro propósito el que determina la verdadera orientación de la aplicación del conocimiento, lo que hace necesario controlar dicha orientación con base en el aprendizaje, para no intersecar nuestro vector de interés con el de otros. Dicho de otra manera, el aprendizaje nos permite adquirir nueva información y conocimiento, que nos capacita para interpretar la información de una manera más amplia y profunda. Esto nos permite contextualizar la información y aplicarla de manera funcional a nuestros propósitos, haciendo posible obrar de manera más eficiente. Esto nos lleva a recordar que el propósito tiende a hacerse más eficiente conforme nuestro conocimiento se amplía, pues la vía más útil para relacionarnos con nuestro entorno es aquella en la que se disminuye el conflicto a una magnitud que lo proponga como motivación doméstica para el crecimiento, dado que el sabio pretenderá la obra eficiente, en ningún caso la obra de oposición, pues esta es naturalmente ineficiente. “El conocimiento crea la tendencia de orientar el interés de manera que no se confronte con otros.” A medida que aprendemos más, nuestro propósito se vuelve más claro y definido. Además, se hace más notable la evolución futura de nuestros actos. Esto se debe a que tenemos una mejor comprensión del mundo que nos rodea y de lo que queremos lograr. Lo que quiere decir que, si tenemos organizada eficientemente la dirección de nuestro interés, el conocimiento lo aplicaremos en dicho sentido y llevará a concretar y matizar más aún la dirección de nuestro propósito. Respondiendo a tu pregunta: “Cualquier información, procedente de cualquier ente, aportará conocimiento a la sociedad, en directa proporción con el conocimiento que esta ya posea.” “Cuanto más conocimiento, más conocimiento.”  – Queda clara ahora la ineficiencia de la obra por oposición a consecuencia de la atribución negativa de una información que, según qué contexto, puede ser utilizada para prevenir otros problemas. Si bien entiendo que el rechazo que surge por la propia emoción, inherente como ser humano, es algo natural, coincido en que cada evento que surge en el mundo no es más que una oportunidad naturalmente neutral para el estudio profundo del conflicto y su posterior aplicación con el fin de evitar problemas de mayor envergadura, esto es, poder ser más resolutivos a la hora de afrontar cualquier otro conflicto que tuviera lugar a posteriori. No cabe pues la censura de ningún evento, pues esto solo nos perjudica como sociedad, arrebatándonos la posibilidad de ser más eficientes en todas nuestras obras. Gracias, Maestro. REQUISITOS PARA AFRONTAR EL ASALTO INEVITABLE  Es frecuente observar cómo en una sociedad masificada, donde las redes sociales y demás herramientas nos conectan los unos con los otros, resulta más sencilla la transmisión de información de cualquier índole. Sin embargo, pese a que ello reduce considerablemente la posibilidad de la génesis del conflicto, es también común observar que, tras una pantalla, existe una persona que, oculta en la impunidad inmediata de lo digital, expone sus ideas respecto a un tema, le sea familiar o no, sin ningún miramiento hacia quien previamente dialogaba al respecto, generando un asalto verbal en una red social donde X e Y jamás se conocieron personalmente y, probablemente, jamás llegarán a hacerlo. Esto me hace pensar en lo sencillo que resulta a día de hoy verse envuelto en un conflicto, más bien, en su manifestación más explícita, el asalto, incluso si no se pretende herir las sensibilidades de nadie. En una actualidad donde conceptos como sororidad, asertividad, igualdad, y un largo etcétera de nombres rimbombantes se encuentran presentes hasta en la sopa, llama la atención la facilidad con la que la masa abraza el conflicto de forma impetuosa, casi como si aquel arquetipo de comunidad idílica que ondea la bandera de la fraternidad, quedase reducida a cenizas en una fracción de segundo. Como ser social por naturaleza que es el ser humano, nadie se encuentra exento de caer en el asalto, pues el conflicto es un fenómeno inherente a la condición de nuestra especie, y por tanto, siempre estará ahí. Pese a ser eficientes en nuestro desempeño como individuos en nuestro contexto, haciendo que la información fluya libremente, minimizando así las connotaciones negativas que el conflicto puede tener, se me genera una duda. Antes, generemos un contexto ficticio que da pie a mi duda. Altas horas de la madrugada en una población cualquiera. Sujeto “A” vuelve a casa. En el camino, se cruza con Sujeto “B”, quien se encuentra en un estado alterado, colérico, buscando un objetivo sobre el que descargar su ira. Al percatarse de la presencia de A, B decide que este será el objetivo de su obra ejecutiva. A no ha interaccionado antes con B, y sin embargo, sin ser responsable, se encuentra inmerso de lleno en un serio asalto, cuanto menos, impredecible.  – Maestro, si somos agentes ajenos al conflicto particular de uno o varios agentes, cuando, de forma repentina, sin haber sido capaces de preverlo, nos encontramos con una clara intención ejecutiva en asalto, ¿cómo podemos obrar de la forma más eficiente si la violencia solo trae violencia y no hay forma de hacer fluir la información de forma inmediata para evitar el conflicto? – Javier, entiendo que antes de nada he de aprovechar tu exposición inicial para matizar ciertos conceptos, los cuales precisan de un desarrollo en su significado antes de profundizar más. Al comienzo de tu introducción, hablas del potencial que tiene un comentario público en una red social de germinar la semilla de un conflicto en el que podemos vernos inmersos, por tan solo estar presentes o habernos expresado con libertad. En primer lugar he de remarcar que la libertad exige hacernos responsables de aquello que obramos. O sea, que si te expresas en libertad, has de entender que serás responsable de los efectos que ello tenga. Dicho esto, si entiendes el potencial de caer en un conflicto al publicar un mensaje, no lo hagas, y evitarás dicho conflicto. Hemos de ser capaces de prever las implicaciones de nuestros actos y entender las posibles consecuencias de ellos. Por ende, si concebimos la posibilidad de que nuestras palabras sean erróneamente interpretadas por sujetos ajenos a nuestro contexto, lo ideal es evitar expresarnos ante ellos y reducir el círculo de nuestra interacción a individuos que comprendan con amplitud el propósito y forma de nuestros mensajes. Eso no quiere decir que no debamos ampliar nuestra área de influencia social, sino que habremos de hacerlo con la estabilidad que ofrece la elección del interlocutor que pueda y quiera entendernos. “Hemos de pretender expresarnos de manera genuina únicamente ante aquellos que suponemos capaces de entendernos, de lo contrario, no tendremos control sobre la interpretación de nuestros mensajes.” Cualquier acción u obra que sea dependiente de la interpretación del receptor habrá de exponerse de manera directa, apelando inequívocamente a aquel que vaya dirigida. Esto tiene la función de evitar que el anonimato o el desconocimiento apoyen una crítica vacía. Me explico: Cuando cualquiera de nosotros se expresa públicamente está mandando mensajes a receptores que los interpretan según sus perspectivas. Esto hace que haya gente que, haciendo uso del principio de caridad, otorguen cierto margen de error o intenten entender el contenido del mensaje más allá de lo que inicialmente supusieron, atribuyéndole al autor el beneplácito de ser escuchado y comprendido. Sin embargo, también habrá individuos que, irracionalmente, reaccionen al mensaje o parte de él sin ser capaces de comprender la totalidad o el contexto que lo matiza. Son estos individuos aquellos que resultan nocivos, y además, por ser los más viscerales, tienden a ser los que más rápido expresan su disconformidad u oposición a un mensaje que, muy posiblemente, ni tan siquiera hayan entendido. “Al lanzar el mensaje al público nos expondremos a que aparezcan opositores, emergentes de la incapacidad o desinterés de comprender.” Por ello, siempre habremos de asegurar que nos expresaremos de manera directa, presente y clara ante un sujeto que podamos comprobar como capaz de entender nuestras palabras, así como que sea testigo de los matices idiomáticos con los que uno se expresa. Adicionalmente, el hecho de poder explicarnos en persona hará que el interlocutor pueda generar preguntas que den la posibilidad de aclarar conceptos para que no queden en el limbo, facilitando el intercambio de información, y con ello, aumentando la comprensión común de los eventos siguientes. “La manera más eficiente de expresarnos será aquella directa y presente, orientada a un sujeto o grupo reducido concreto.” Igualmente, la expresión cara a cara hará que el agente pueda ir adaptando el mensaje al paciente, al ir atisbando los efectos que produce en este, pues siempre habrá testigos de cómo están afectando nuestras palabras a otro, ya sea por expresiones faciales, corporales u otros elementos, como el tono de la respuesta o la orientación de la mirada. “El debate en persona facilitará la adaptación a la oposición, el control de la potencial ofensa del paciente y, con ello, el control del medio.” También hemos de tener en cuenta que el conflicto tenderá a templarse cuando surge con ambos opositores presentes físicamente. Esto ocurre dado que sabemos que los humanos, y otras especies animales, instintivamente optan por no imponerse por la fuerza salvo en contextos muy concretos, evitando la manifestación física del conflicto para salvaguardar la integridad de los implicados, lo que es más eficiente que exponerse a lesiones que, en el entorno natural, podrían provocar la muerte. Por ende, hacer uso de la fuerza no tiene mayor eficiencia que colaborar o contender con el opositor con medios domésticos. Es por ello que cuando, de manera personal y compartiendo tiempo y espacio, emerge un debate complejo, los implicados suelen retener sus ganas de agredir al otro, haciendo que, de surgir la ofensa, sea entendida como fuera de lugar por el resto de presentes y sociedad a la que pertenezcan. Todo esto tiene lugar debido a que ambos opositores, conscientes del opositor y teniéndolo delante físicamente, comprenden de manera subconsciente que existe posibilidad de que el uso de la fuerza tenga consecuencias que no pueden predecir, lo que les lleva a rehusar a imponerse. “En el debate presente, que es aquel en que está el opositor físicamente al alcance de ser percibido, analizado y concebido con precisión, se creará un límite en la tensión intencional de ambos, con base en la comprensión de que el paciente tiene potencial ejecutivo contra el agente.” Sin embargo, cuando el debate se genera sin que los interlocutores tengan sensación de presencia del opositor, la tensión intencional y la pretensión de ofensa se magnifica, pues no se es consciente de la potencia ejecutiva del otro, lo que hace que, instintivamente, nos creamos capaces de superarlo, dado que se convierte en un sujeto al que no le atribuimos capacitación para defender su integridad. En esencia, se nos hace más fácil deshumanizar a un sujeto cuando no lo percibimos presente, creándose la ilusión de que es un reto fácilmente superable. “En el debate remoto, que es aquel en que el opositor no está físicamente presente, quedando fuera de alcance de ser percibido, analizado y/o concebido, se magnifica la intención de ofensa, creyéndose el agente capaz de batirlo, al subestimarlo.” Atendiendo ahora al caso hipotético que me planteas, con base en la necesidad imperiosa y contrastada de defender nuestra integridad, puedo decir que: “Ante el asalto ineludible, se habrá de hacer uso de la fuerza con la mayor eficiencia que sea posible, minimizando las implicaciones que esto tenga, tanto para el agente como para el paciente.” Para dar lugar a la aplicación eficiente de la fuerza se deberá estar profundamente entrenado, física y psicológicamente, para poseer un repertorio y adaptación que permita obrar con la mayor contundencia, en perfecta proporción y minimizando el margen de error irremediablemente presente. Ahora, me explico por partes: Estar entrenado: Estar entrenado hace referencia a tres conceptos distintos y diferenciados: Haber adquirido la capacidad de determinar en qué momento es preciso hacer uso de la fuerza. Esta es la parte más complicada de la intervención marcial, pues se ha de disponer de la capacidad de adquirir y procesar datos suficientes como para asegurar que la fuerza emerge de manera plenamente justificada, donde su uso es menos lesivo que ceder ante el opositor, cosa que, como ya sabemos, tiende a ser la excepción cuando se estudia el conflicto de manera racional, formal, y seria. Para poder determinar la idoneidad del uso de la fuerza habremos de entender y catalogar los estímulos posibles dentro del contexto de intervención. De esta manera, seremos capaces de discernir el momento en que potencialmente podrá haber un conflicto, dándonos tiempo a extinguirlo antes, incluso, de su manifestación. Así mismo, estaremos habilitados para notar la manera en la que el conflicto escala, pudiendo decidir actuar en consecuencia cuando se determine que la escalada ha de cesar. Poseer una serie de obras interiorizadas, geométrica y dinámicamente eficientes, que puedan ser dispuestas como reacción subconsciente ante un estímulo concreto e inequívoco. La parte práctica del entrenamiento tendrá su base en adaptar una serie de recursos geométricos y dinámicos a la anatomía de cada individuo, agente y paciente, haciendo que la técnica, desarrollada en el plano teórico, pueda pasar al plano práctico, gracias a la interiorización de esta. Siendo así, una vez se sepa cuándo actuar, se habrá de aprender a cómo actuar. Es por ello que se ha de desarrollar o, normalmente, aprender a aplicar una serie de recursos, que mezclarán la geometría con la dinámica con base en un propósito, dándose lugar a una obra u obras que permitirán tener posibilidad de operar en oposición a otro. Para que esto tenga lugar de manera funcional, se precisará la constante práctica física de los recursos idiomáticos, o sea, de las diferentes obras que podamos llevar a cabo en nuestro contexto de intervención. Esto será así para acostumbrar al cuerpo a actuar, comenzando por ejercitarse de manera conscientemente competente, alcanzando la posibilidad de obrar de forma inconscientemente competente. Una vez las obras emerjan de manera espontánea y coherente ante un estímulo claramente identificado, en perfecta comunión con su contexto, el sujeto habrá adquirido la posibilidad de operar con solvencia, habiendo aumentado notablemente su potencial de éxito, sin llegar nunca a asegurarlo. Ser capaz de asumir la responsabilidad y los perjuicios que el uso de la fuerza trae consigo. En el momento en que un individuo está técnicamente capacitado, deberá trabajar sobre las implicaciones de hacer uso de la fuerza. Estas implicaciones tienen distintas facetas, todas ellas marcadas por la responsabilidad que subyace en aquel que se impone sobre otro. Recuerdo que siempre es ineficiente la imposición sobre otro por el uso de la fuerza. No obstante, puede ser eficaz, lo que posibilita obtener éxito a costa de una serie de sacrificios asociados. En esencia, el sujeto ha de entrenarse conociendo las implicaciones que podrá tener la aplicación de cada una de sus obras conocidas e interiorizadas, lo que le hará capaz de entender la posibilidad de usarlas o de prescindir de ellas. Estas implicaciones existirán en distintos ámbitos. Las implicaciones podrán ser de índole física, habiendo de entender las lesiones a las que se expone tanto el agente como el paciente, pues se deberá de adaptar la obra al nivel en que se pretenda superar a la oposición. Igualmente, las implicaciones pueden ser de índole psicológica, pues tanto agente como paciente sufrirán los efectos perniciosos de la confrontación entre iguales. Esto puede emerger en cualquiera de los implicados como arrepentimiento, depresión e incluso trastorno de estrés postraumático. Contundencia: “La contundencia hace referencia a la manera en la que, una vez se ha decidido obrar, no existirá condicionante alguno sobre nuestro propósito de ejecutar sobre el opositor, habiendo de ajustar esto a la proporción que pretendamos aplicar.” Esto se puede explicar como que, cuando pretendemos obrar en oposición a otro, hemos de hacerlo con decisión, pues de titubear, se generarán oportunidades al paciente que nos dejarán expuestos como agentes. Esto quiere decir que hemos de tener claro que la solución a un conflicto ha de tener lugar por medio de vías ajenas al uso de la fuerza. Sin embargo, cuando ya hayamos de imponernos sobre otro sujeto, no podremos dejarnos llevar por emoción alguna que pueda limitar la eficiencia de nuestra obra o que nos haga perder la propiedad del medio. Esta forma drástica de entender el ejercicio marcial es la que justifica nuestros esfuerzos constantes para evitar desencadenar el asalto, pues de quedar inevitablemente dentro, habremos de actuar de manera implacable. No obstante, esto no quiere decir que debamos pretender abatir mortalmente al opositor, sino que buscaremos sin dudar la inhabilitación de este, procurando que dicha baja tenga lugar de la manera menos lesiva que podamos generar sin exponernos ni comprometer a otros. Proporción: En el contexto de la intervención policial, se pretende la protección al ciudadano, incluido aquel sobre el que se hace uso de la fuerza, en ocasiones, por encima de la integridad del efectivo policial que está operando. Siendo así, entre la población civil, y parte del personal policial menos capacitado, se ha extendido la falacia de la proporcionalidad. Dicha falacia dicta que ante una amenaza hay que responder con el mismo nivel de fuerza que la amenaza usa, y por ende, se entiende proporcional. Sin embargo, la proporcionalidad no responde necesariamente a ello, pues la proporción es una relación entre dos elementos o entre uno y el todo al que pertenece. Ejemplo de ello es la proporción entre una hipotenusa y un cateto cualquiera de un triángulo. En consecuencia, en ningún caso se debe entender que el concepto de proporción hace referencia a igualdad. “La proporción es la relación entre un elemento y el todo al que pertenece.” En el uso de la fuerza, hemos de entender que la proporción eficiente con la que se intervendrá será aquella en la que se supere a la amenaza paciente, de manera que el agente quede en notable y absoluta ventaja táctica, minimizando la exposición de los agentes y, con ello, disminuyendo la posibilidad de que el paciente resulte víctima de su propio intento de resistencia. “La eficiente concepción de la proporción será aquella que mantenga al agente en ventaja táctica absoluta sobre el paciente, minimizando las implicaciones y exposición de ambos.” Ejemplo de esto será si un paciente, armado con un arma blanca, amenaza la integridad de unos viandantes. La proporción a usar será la absoluta superación de la amenaza, tanto por número de efectivos agentes intervinientes como por la causa instrumental de ellos, que deberá ser el arma de fuego. Esto hará que el paciente pueda verse intimidado por la contundencia de la respuesta, y de no hacerlo, los efectivos agentes podrán abatir al paciente con seguridad. Por ende, es la proporcionalidad lo que le atribuye eficiencia a la intervención. Sin embargo, de haber hecho uso de la proporcionalidad entendida como igualdad, un agente y el paciente armado habrían caído en el combate singular, en el que el agente habría estado expuesto de manera constante y donde el paciente no goza de la posibilidad de verse intimidado, lo que aumenta las posibilidades de que haya de ser abatido, tras generar daños. “Entender la proporcionalidad como igualdad aumentará la exposición agente y paciente, haciendo ineficiente la intervención.” Es importante remarcar que, cuando un individuo entiende que está en total desventaja, no resulta opositor, pues de manera subconsciente, comprende que la resistencia es inutil y únicamente generaría el aumento de la fuerza usada por el otro. Esto es un concepto que está presente en la naturaleza, haciendo que la práctica totalidad de los animales tengan como respuesta fingir estar muertos ante una amenaza que les supera. Los humanos hacemos esto de dos formas. La primera es de manera consciente, mostrándonos sumisos ante el que entendemos superior. Otra forma es inconsciente, provocándose en nuestro cuerpo un síncope o desmayo, que en ocasiones puede estar provocado por una situación de estrés agudo, siendo el mismo mecanismo que en la naturaleza nos hacía parecer muertos ante una amenaza, paradójicamente, salvándonos la vida. Asumir el margen de error ineludible: En el conflicto, las partes se exponen a verse comprometidas por los resultados, que no pueden ser predecibles, pues de serlo, significaría que el conflicto no sería necesario para entender de quién es el éxito. “El conflicto emerge de la imposibilidad de determinar quién posee la propiedad del medio.” De esta manera, hemos de entender que cada vez que entramos en un conflicto, sea como sea que formamos parte de él, nos vemos expuestos al fracaso. “En un conflicto siempre existirá la exposición al fracaso.” Por mucho que se entrene, por contundente que sea la intervención y por grande que sea la ventaja, siempre existirán conceptos y elementos que escaparán al control, y con ello, no se podrá determinar cuál será la resolución de un conflicto, menos aún, de un asalto. “Cualquier preparación previa tan solo podrá aumentar la posibilidad de éxito, nunca asegurarlo.” Es por ello que la manera más eficiente de salir airoso del enfrentamiento es evitarlo, y en caso de ser ineludible, minimizar la escala en la que se produce el choque. “La forma más eficiente de superar un conflicto es evitarlo.” En síntesis: Si motivado por defender el conocimiento, y tras analizar racionalmente la situación emergente, resulta inevitable hacer uso de la fuerza, se habrá de hacer siempre usando lo entrenado, obrando con eficiencia y contundencia, minimizando la exposición agente y paciente, así como asumiendo el sacrificio que supondrá el hecho de haber actuado, enfrentándonos de manera directa al opositor. “Si hemos de hacer uso de la fuerza, será asumiendo el sacrificio que supondrá evitar daños mayores.” El guerrero: Si ha de imponerse, se impondrá. El Furasshu: Si ha de iluminar, iluminará.  – Estoy de acuerdo. Tal y como reza el dicho “mejor cerrar la boca y parecer estulto, que abrirla y demostrar que lo eres”, podemos extraer nuestro propio refrán de lo expuesto al inicio de su intervención: “mejor callar ante estultos que hablar ante ellos y generar un conflicto.” Además, los requisitos del conflicto me resultan más que coherentes, añadiendo un grado más de crudeza al conflicto incipiente al que todos nos vemos expuestos, incluso sin ser conscientes de ello. Más vale iluminar siempre que sea posible, hacer fluir información y generar cultura para evitar la aparición de contrastes de intereses, pues pese a ello, nunca estaremos a salvo de las sombras, por mucho que nos preparemos para enfrentarlas. Gracias, Maestro. El conflicto acompaña al ser humano desde su existencia. Este, guiado por su instinto, nos insta a imponernos por la fuerza sobre aquello que nos perturba. Es gracias a la capacidad de raciocinio del ser humano que podemos hallar soluciones complejas a problemas de la misma índole. Esto nos permite crear sociedades, forjar alianzas, estrechar más vínculos y, en definitiva, otorgarnos un prisma diferente desde el que mirar aquello que acontece en nuestro entorno, procurando encontrar siempre la mejor solución a lo enfrentado. No obstante, se entiende que el ser humano, como animal que es, no puede dejar a un lado su ardor guerrero, el motor que le lleva a conquistar, someter y crecer. A lo largo de este libro exploramos diversas cuestiones relacionadas con el conflicto, cómo resolverlo y de qué herramientas se puede valer el Homo sapiens actual para su extinción, todo ello, en un formato dialógico en el que un servidor, aún aprendiz de la filosofía que envuelve a esta obra, expone sus dudas al Maestro, figura versada en los campos propios del conflicto y adyacentes a él, con el fin de invitar a la reflexión sobre qué aspectos hemos de mejorar en pos de ser más eficientes en la resolución de aquellas situaciones en las que nos vemos envueltos a lo largo de nuestra vida.