M.: ¿Y en cuanto al batallarle, qué orden se ha de tener? D.: La mayor será, que no se le batalle al menos a los principios, ni tome la espada, sino fuere con su maestro, hasta estar bien instruido en la teórica y en la práctica. M.: ¿Pues se le seguirá algún inconveniente, de que al cabo de quince o veinte días le batallen otros maestros, como siempre se ha dado? D.: Y muy grande: y este ha de resultar, o en grave daño del discípulo, o en descrédito de la reputación del maestro batallador. M.: Caso raro será, que aún hasta en esto haya habido error, en la antigua y vulgar Destreza: y siendo así importante ha de ser el desengaño. D.: El uno y otro daré manifiesto, y para ello supongo, que se le ha dado uno, o dos meses de lección, y en cada día una hora, que serán sesenta, que reduciéndoles a días, harán dos y medio: y supongo también, que él haya discurrido sobre lo aleccionado otro tanto; y me alargo a decir que sea triplicado el tiempo, y que hagan diez o doce días: ¿cómo le ha de ser posible en ellos, haber entendido los términos, hecho aprehensión de los fundamentos, ser enterado en los principios de la Arte, tener entendidas sus demostraciones, saber los diversos casos que se ofrecen en una batalla, la variedad de acciones que en ella suceden, las diferentes posturas en que se le puede afirmar el contrario, lo que ha de hacer contra ellas, cómo ha de oponer unas tretas a otras, tener conocimiento de las partes de que se componen los movimientos, compases, líneas, y ángulos de que se forman, con el principio, medio, y fin que tienen entre el que las ha de hacer, y el que las ha de recibir; agilizar los miembros para la prontitud, y adquirir hábito con tas pocos actos? Pues si cada una de estas cosas tiene tan conocida dificultad, y pide particular estudio, y continuado ejercicio, y con el que estuviere falto de esto, llegase un batallador, de los que el vulgo llama jugadores viejos y aporreantes, y comenzase a batallar, de aquello que dicen muy aprisa y recio; claro está, que no solo dejará de hacer lo poco que supiere, pero que ha de quedar confuso y atemorizado para las demás ocasiones. M.: No digo yo, que se proceda con ese rigor, antes sí, blandamente se le vayan dando ocasiones para que él pueda ejecutar algunas tretas, con que se irá aficionando. D.: En eso ha estado y está el mayor engaño, y causa de muchas desgracias: porque haciéndose perdedizo, fingiendo diligencias, simulando descuidos, ofreciendo tardanzas, y recibiendo heridas, que fácilmente podría remediar, y lo deja de hacer por el vil interés de ocho o doce reales que espera, hace el discípulo concepto de que sabe; y creyendo aquellos fingimientos de defensa, cree que ha llegado a lo sumo del saber, pues un maestro examinado no le puede resistir, y así deja de saber más: y cuando llega la ocasión de las veras, como el contrario no hace ninguno de aquellos fingimientos, le pone en tal estrecho, que por lo menos, si no paga con la vida, pierde la reputación y queda descreditada la doctrina que le enseñaron. DIÁLOGO53DE LAS ARMAS M.: ¿Pues qué modo se ha de tener para que se ejercite, supuesto que el maestro no le pueda asistir siempre; y aunque lo pueda? D.: Tener un pasante (o más) que solo le recorra y batalle aquellas lecciones que le hubieren dado, y en ellas no perdonarle descuido; y si lo cometiere, que el rigor de la herida le haga avisado y cuidadoso de su defensa. M.: Apruebo eso por muy conveniente: pero de no hacerse así, y guardar la costumbre antigua, ¿qué descrédito se le puede seguir al maestro que fuere a batallar? D.: En lo que referiré se conocerá. Lleva un maestro a otro su mayor amigo y confidente a casa del discípulo, para que le batalle, y le previene con grandes encarecimientos, que detenga la mano, que no ejecute, que le deje hacer, que haga fáciles resistencias, y los acometimientos sin ejecución; que si algún golpe le tirare sea moderado, y a parte menos peligrosa; y que por ningún caso lo exaspere, porque quiere pedirle un vestido, o el dinero del tercio que se le debe: y tal vez van a dos y partir, si la afición y liberalidad del tal principiante juzgan favorable a su provecho, y se consideran por este lisonjero modo para quitarte el dinero: y en el uno y otro caso le tiene prevenido al discípulo (o le hace seña secreta) que apriete la mano, que envista como un César, y no repare en sacarle un ojo si pudiere. Con esto, detenido el uno así en la ejecución, como en su misma defensa, ofrece disposiciones con aparente imposible de poderse defender, y el otro venciendo los fáciles impedimentos que se le ponen, enviste de hecho, dale tres o cuatro estocadas, y por postre un tajo que le rompe la cabeza; y con un sombrero de la recámara, y dos doblones para aceites le envía contento, o por lo menos algo consolado, y él queda gozoso de la victoria. Vuelve el maestro propietario, hállale gustoso; refiérele el suceso, y no acaba de loar con una y otra lisonja, la gallardía con que lo había conseguido, y con un voto a tal, le encarece, que aquel a quien descalabró, es de los más antiguos y mejores maestros de España, que con otros ha hecho cosas estupendas: afirma que se iba haciendo cruces, de que un hombre con tan pocas lecciones le hubiese puesto en tan grande aprieto. Créelo el boquirrubio, manifiesta agradecimientos (y aquí entra el manto de Celestina) pide lo que le ha prometido, o lo que no le ha pagado; quedando los dos contentos, y el otro sufriendo la pena que merecieron su malicia y engaño. Pues teniendo esto por constante verdad, como muchas veces se ha visto, y siguiéndose este modo, se verá siempre, ¿en qué opinión ha de quedar este pobre maestro? ¿Los que supieren lo que pasó (que hasta el mozo de cocina lo refiere) harán estimación de él? ¿le llamarán para que los enseñe? ¿o aconsejarán a otros que le llamen? Luego dije bien, que ha de resultar, o en grave daño del discípulo, o en descrédito del maestro que fuere a batallar, y ahora digo que ha de ser en el del uno y otro. M.: Ya estoy desengañado de lo que tanto tiempo ha tenido encubierto la malicia, y será bien que lo estén todos, y que entiendan, que lo contenido en este discurso, es parte de lo que en rigor debía saber el que hubiese de ser maestro: pero sin obligación de decirlo con las mismas palabras, bastará que a su modo diga el sentido de cada una de las materias que aquí brevemente se han tratado (hasta que salga nuestro libro, que ya está acabado, y Dios mediante se dará presto a la imprenta) con que merecerá el título y nombre de enseñador, presumido de muchos, pero no alcanzado por ninguno de los antiguos, ni hasta hoy de los modernos. MODO FÁCIL Y NUEVO - LUIS PACHECO DE NARVÁEZ54 F I N. EN MADRID, Por Luis Sánchez Año M.DC.XXV. Transcripción realizada en base al archivo pdf disponible en la Biblioteca Virtual de Andalucía: Pacheco de Narváez, L. (1625). Modo fácil y nuevo para examinarse los Maestros en la Destreza de las Armas; y Entender sus cien conclusiones o formas de saber. Editor: Luis Sánchez. https://www.bibliotecavirtualdeandalucia.es/catalogo/es/ catalogo_imagenes/grupo.do?path=162209 — ——— ACADEMIA DE ESGRIMA LÁSER_________________ _________________________________________________
Τὸ Βιβλίον

