A este nivel, el armamento e instrumental que porta cada efectivo tiene carácter especializado, convirtiendo a cada uno de dichos efectivos en un elemento específico, que forma parte de una entidad mayor, que resultará ser la unidad participante en el susodicho enfrentamiento. O sea, que la batalla tiene lugar entre entidades organizadas y compuestas por efectivos. Siendo así, la guerra es un conflicto en que tiene lugar, al menos, una batalla. Sin embargo, la escala también aumenta en cuanto a la forma de entender a los entes participantes, pues dicha guerra es un evento en que los opositores son grupos sociales, independientemente del tamaño de estos conjuntos. Es por ello que la naturaleza de las armas también muta, siendo la información uno de los recursos más eficientes para operar en contra de la organización de la sociedad opositora. Es importante entender que una sociedad puede tener distintos tamaños, siendo posible encontrar una sociedad compuesta por un único individuo, así como una sociedad sostenida en la existencia de millones de sujetos unidos por un único interés. Por tanto, podemos entender que la guerra tendrá lugar entre sociedades al comprender que dichas sociedades son determinadas por la unión de individuos en pos de un propósito común. De esa forma se entiende que: “La guerra emerge entre conjuntos sociales con propósitos enfrentados.” Antes de profundizar, te aclaro que no hay ningún papel en el conflicto que esté genuinamente destinado a acrecentarlo. Teniendo en cuenta que el conflicto real, independientemente de su escala, resulta universalmente desagradable para los que lo sufren, e incluso para los que lo observan, ninguno de los verdaderamente intervinientes tiene un rol consciente de aumentar el calado de las diferencias. Sin embargo, puede ser que las acciones propias que buscan el cese de las hostilidades, por pura ignorancia de las repercusiones, no tengan el efecto deseado, acrecentando la magnitud de las diferencias. “La escala del conflicto aumenta por la falta de información de los implicados.” Por último, he de hacer un apunte a modo de síntesis, sostenido en mi reflexión madurada, que dejo aquí para que puedas comprender que, en esencia, la guerra es una manifestación de la estulticia, pues aparece cuando la razón queda relegada a un recuerdo. “La guerra emerge en el momento en que unos pocos convencen a los ignorantes para justificar sus propios crímenes.” Ahora, teniendo claro los aspectos básicos de la guerra, y atendiendo a tu requerimiento, procedo a explicarte qué es cada una de las tipologías de combatientes sobre las que me preguntas, según mi perspectiva teórica, docente y profesional, al margen de las descripciones oficiales y académicas que puedan aportar otras entidades profanas, posiblemente alejadas en demasía de la realidad tangible del conflicto. El soldado: “Un soldado es aquel efectivo al servicio de un interés mayor al suyo.” Es así que estaremos acertados al denominar como soldados al personal profesional que forma las filas de cualquier ejército nacional, pues este queda a disposición de su estado. Sin embargo, podemos usar el término para señalar a aquellos efectivos que trabajan para otras causas, como pueden ser religiosas o ideológicas. Etimológicamente, hemos de saber que el propio concepto de soldado está vinculado al cobro por una prestación de servicio. Pese a la retribución económica, un soldado ha de tener un vínculo mayor y más elemental con la entidad que lo gobierna. Este vínculo suele ser ético, moral, religioso o político, y sostendrá que el individuo entregue su labor más allá de recibir una contraprestación, siendo por ello vital el adoctrinamiento. “Para la creación de un soldado será más necesario el adoctrinamiento que la instrucción.” En ocasiones, dependiendo del contexto social, el soldado puede ofrecer un servicio espontáneo, por puro convencimiento, sin beneficio económico alguno, ante una situación en la que vea peligrar la entidad a la que está vinculado, ya sea esta un estado, una religión o una idea. Así pues, el papel de un soldado en la guerra es únicamente el de llevar a cabo aquello que pretenda la entidad que lo gobierna. Esto le ubica en una función prácticamente doliente pues, por su servicio incondicional, sufren los efectos físicos, psicológicos, sociales y éticos de cada una de las decisiones tomadas por aquellos que no están desplegados o expuestos. Mercenario: “Un mercenario es un efectivo que participa de la guerra únicamente motivado por el interés económico.” La figura del mercenario ha estado históricamente ligada a potencias políticas que han precisado de un volumen adicional de efectivos para engrosar las filas de sus ejércitos. Sin embargo, estos individuos han sido normalmente oriundos de naciones terceras, así como dependientes de una prestación económica, sin la cual, no han sido operativos. Esto hace que el mercenario pueda no mostrarse interesado en continuar con su actividad ante ciertas adversidades que puedan superar lo entendido como un pago justo, dándose lugar a eventos en los que, ante la falta de liquidez de una entidad, el mercenariado se retire de sus funciones, abandonando o volviéndose en contra del contratador. Esta falta de compromiso, más allá del intercambio directo, es lo que hace que “mercenario” sea una palabra relativamente peyorativa para apelar a aquel que ofrece sus servicios operativos. Es por ello que, tatuado por mi experiencia, llamo contratista a aquel individuo coherente y responsable, que cede su esfuerzo marcial por dinero sin renunciar a la ética. En parte, contratista podría ser un eufemismo, o al menos un recurso para evitar vilipendiar al operador a sueldo que merezca el respeto por sus demostradas capacidades y entereza moral. “Mercenario es un apelativo con notables connotaciones peyorativas.” Teniendo en cuenta esto, el mercenario puede desarrollar una amplia variedad de papeles con una mayor variedad de las que pueden llevar a cabo soldados gubernamentales. Las funciones pueden ir desde conformar unidades convencionales y otras que serán potencialmente invertidas en operativos típicos, con o sin posibilidad de supervivencia, hasta realizar labores de apoyo a la fuerza, logística o administración de manera muy especializada y solvente. Así mismo, se pueden entender como mercenarios aquellos que, puntualmente, ofrecen su servicio de información a potencias ajenas dentro del territorio de su nación, facilitándoles así la adquisición de inteligencia. Esto ha sido, es y será un mecanismo típico de las unidades de vanguardia, pues es fundamental el conocimiento y la información del personal colaborador en tierra hostil, autóctono o foráneo. “El mercenario lo será cuando cobre de su participación, pudiendo ofrecer tantos tipos de servicios como necesidades puedan surgir a su empleador.” Es importante entender que, en el contexto real, la vida de un mercenario tiene menos coste político que la de un soldado nacional, siendo así los combatientes por contrato de cualquier naturaleza, aquellos que enfrentan las situaciones con un riesgo intrínseco mayor. Por otro lado, el papel del mercenario es el de nutrirse del conflicto ajeno, participando de él. Es por ello que este trabajo lo lleva a cabo un volumen notable de personal procedente de zonas subdesarrolladas, dado que son efectivos relativamente baratos, movidos por sus necesidades económicas. Podemos entender, por tanto, que la formación del mercenariado no es necesariamente excelente, pese a poder encontrarse un porcentaje de efectivos profundamente formados, dada su experiencia y sostenida participación en conflictos varios, entre otros factores posibles. Contratista: “Un contratista es un efectivo que participa de la guerra motivado por el interés económico, sujeto a un código ético.” El contratista, en esencia, es un individuo que opera en el contexto bélico a cambio de una prestación económica, mientras que respeta unos principios éticos autoimpuestos y sostenidos en la convicción propia. Entre estos principios deberá estar el del cumplimiento de su propósito inicialmente pactado, independientemente de que cualquier otra entidad ofrezca una mayor cuantía económica para evitarlo. De esta manera, hipotéticamente, será considerablemente más difícil la corrupción de este personal contratista que la del mercenario, pues, en el caso ideal, será la coherencia lo que lo gobernará. La palabra contratista, tal y como he apuntado anteriormente, podría ser un eufemismo con el que denominar a aquellos que quieran sentirse algo más elegantes en el negocio de la guerra. No obstante, desde dentro del gremio, se recomienda, por pura cortesía, usar este término para apelar al operador por contrato, dado que la palabra mercenario está llena de connotaciones negativas, producto de una historia llena de nefastos episodios donde el personal pagado ha quebrantado todos los principios éticos posibles. Es importante hacer mención a que, según ciertos criterios, un contratista ha de pertenecer, en nacionalidad, a una de las potencias enfrentadas. Sin embargo, esto es un aspecto que queda dentro de la descripción burocrática del término, lo que en el fondo de la cuestión, no determina la esencia de la palabra, sino su uso político y administrativo. De una forma o de otra, teniendo en cuenta que en la mayor parte de los conflictos hay involucradas naciones de gran potencia bélica, los contratistas tienden a ser personal, en su mayor parte, procedente de zonas desarrolladas del mundo, con un alto porcentaje de veteranos, reservistas y personal operativo de unidades de élite de ejércitos nacionales. Esto le hace un tipo de efectivo con una cultura y experiencia media mayor que otro combatiente, asociado esto a una vida donde las comodidades le han dado la posibilidad de adquirir conocimientos y principios, así como la oportunidad de poder sostenerlos sin que estos se enfrenten directamente a su supervivencia. Y esto último es importante, pues el desarrollo de la ética tiene un potencial mayor cuando un individuo forja su carácter en un contexto sin dificultades vitales y con estabilidad suficiente. En definitiva: “El contratista es un efectivo más formado y experimentado que otros combatientes, normalmente procedente de ejércitos nacionales, que desarrolla una labor específica, habitualmente ejecutiva, que cubre las carencias de las fuerzas gubernamentales de allá donde estén operando.” El papel del contratista es el de operar según los intereses de sus contratadores y hacerlo de la manera más eficiente posible, teniendo esto un efecto colateral que hará menos lesiva la confrontación. Esto último es debido a la necesidad empresarial de resultar eficaz con la menor inversión posible, lo que da como resultado que las campañas, operativos e intervenciones de los contratistas tiendan a evitar el enfrentamiento, pues tal y como ya hemos tratado, será esa la vía más eficiente para cumplimentar objetivos con la menor inversión posible. Guerrero: “El guerrero es aquel que dedica su vida a evitar el conflicto, participando de él de ser necesario, para facilitar su más elegante extinción, siendo constante en el ejercicio de los métodos.” El guerrero es una condición vocacional y únicamente dependiente de la voluntad sostenida por mantenerse preparado, intelectual y materialmente, para la hacer frente al conflicto en toda su magnitud posible. Es por ello, que: “El verdadero guerrero es un individuo honesto, sabio, humilde y coherente, que pone todo su conocimiento de la marcialidad al servicio del saber universal, por ser la vía más eficiente para evitar el conflicto futuro, haciendo posible el cese elegante del presente.” Sin duda alguna, “guerrero” tiene una etimología común con la palabra guerra. Sin embargo, el verdadero guerrero del que hablo no aspira a estar envuelto en el caos propio de la belis, sino todo lo contrario: evitar la exposición a él, tanto de sí mismo, como de otros. Pese a ello, el guerrero no dudará en participar del conflicto cuando sea la única vía para asegurar su pronta clausura. No obstante, su participación siempre será elegante, centrando su esfuerzo en dar fin a las hostilidades, sin participar necesariamente de una de las partes. Tal y como puedes ver, ser un guerrero poco tiene que ver con ser un soldado. Ejemplo empírico de ello es que en mi vida he conocido grandes soldados que no eran guerreros y magníficos guerreros que no eran soldados. Igualmente ha ocurrido con la guerra, pues los más vivaces y expertos guerreros los he conocido fuera de las zonas de conflicto, pretendiendo proseguir en el empeño de aprender para evitar la confrontación. Sin embargo, es importante apuntar un rasgo concreto que ha de tener el guerrero: “El guerrero ha de tener plena capacidad para usar la fuerza y plena facultad para no hacerlo.” El verdadero guerrero ha de estar verdaderamente posibilitado para hacer uso de la fuerza, siendo experto en su técnica, entendiendo sus implicaciones y resultando plenamente capaz de administrarlas. Se entiende, por tanto, que tendrá la virtud de no imponerse sobre otro por la vía violenta, pese a estar habilitado para ello. Será esta la dicotomía que terminará de conformar a un guerrero, pues será portador de una responsabilidad a la par de su habilidad. En las sociedades actuales hay pocos individuos con posibilidad real de aplicar la fuerza, dado que es algo profundamente desagradable para una persona en sus plenas facultades psicológicas. De entre aquellos capacitados para la violencia, tan solo una parte son aptos para hacerlo de manera controlada, y de ellos, únicamente una pequeña fracción son los que tienen pleno control sobre su posibilidad. Siendo así, es complejo poder encontrar guerreros reales, capacitados para la violencia y con la formación intelectual acorde para llevar su labor a cabo con plena certeza y responsabilidad. El guerrero también cumple la función de mantener a su entorno preparado para el conflicto, siendo él quien dé ejemplo de ello. Este sujeto no tiene porqué cumplir un rol operativo, sin embargo, ha de ser constante en su propósito, pues cualquier atisbo de flaqueza lo expondría al fallo y, con ello, al fracaso en su labor de minimizar las confrontaciones. Como se puede apreciar, el guerrero es una especie escasa. Es por ello que el papel que ha de desarrollar en el teatro de operaciones es el de liderar al resto de efectivos, velar por ellos e, incluso, velar por los opositores, pues cuanto menos profundidad y dolor generen las heridas de los encuentros, mayor será la eficiencia en la resolución de estos. El guerrero habrá de mantenerse consciente, prevenido y atento, dado que será su formación la que sostendrá la seguridad de aquel que le rodee. Sobre todo, el guerrero tendrá la responsabilidad de saber cuándo dar por finalizado el esfuerzo de oposición, ya sea habiendo obtenido la victoria o la derrota, pues: “Un guerrero deberá anteponer la integridad del interés común a la suya propia.” Soy plenamente consciente de que mi concepción de lo que es un guerrero puede parecer utópica, incluso irreal, sin embargo, no tendría esta perspectiva si no supiese que es perfectamente posible encontrar y formar a individuos que se ajustan a esta definición. No obstante, has de saber algo crucial antes de terminar mis palabras, pues es algo que te permitirá identificar al guerrero entre el ruido del mundo: “El guerrero no es quien lo parece, sino quien se comporta como tal.” EL GUERRERO, LA JUSTICIA Y EL CONOCIMIENTO – Comprendo la lógica con la que usted explica la naturaleza del guerrero, Maestro. Debido a ello, se me antoja lanzar la siguiente comparativa: ¿La romantizada figura del justiciero no sería la misma que la del guerrero a la que usted hace mención? Se supone que el justiciero comprendería el conflicto e intervendría de forma coherente y consecuente en pos de la extinción del conflicto. Si no se tratara de la misma figura, ¿cuál sería la diferencia entre esta figura, ficticia según lo que podemos entender por esta en la actualidad, y un guerrero consumado? – Aquí he de continuar con mi metodología de concretar los elementos básicos de la conversación, para tener claras las bases de estas. Así pues, para hablar del justiciero es indispensable describir la justicia. Desde mi punto de vista, sostenido en la observación del uso de la palabra por parte de otros: “La justicia es el principio de equilibrar los acontecimientos, teniendo en cuenta su naturaleza moral.” Me explico: Todo evento que tenga lugar en nuestro universo ocurrirá de manera independiente a nuestros intereses, siendo la moral del observador la que le atribuye valor con base en la coherencia respecto a su propósito. Por ende, en la naturaleza no existe la justicia, pues es un invento de la inteligencia humana para posibilitar la cohesión y organización de sus sociedades. Así pues, la justicia se soporta en la necesidad de atribuir virtud o desvirtud a eventos concretos para facilitar la estandarización de las conductas. “La justicia es un elemento falaz, producto de la necesidad humana de mantener organizada su sociedad.” Así pues, desde una moral estándar humana, ligada a su naturaleza gregaria, se puede entender como injusto que una madre pierda a un hijo cuando esta no ha cometido ninguna negligencia en sus cuidados. Igualmente, se puede considerar injusto que, en un conflicto bélico, un individuo que ha pasado la vida entrenando sus dotes marciales reciba el impacto de una bala perdida, siendo baja y falleciendo al instante. Podría ser justo que a un hombre que ha trabajado toda una vida, le toque en la lotería una cantidad de dinero que le permita una jubilación holgada. También, se puede considerar justo que un asesino probado muera como pago por sus delitos. Sin embargo, en este ejemplo, puedo intuir que algo se hace ligeramente distinto. Parece ser que esto es un ejemplo menos universal, pues entender como justa o injusta la pena capital dependerá de la moral de cada observador. Es por ello que la justicia es un elemento ligado a la filosofía, pues depende directamente de la percepción humana para quedar concebida, definida y aplicada. Los eventos justos o injustos son producto de la configuración del universo, que de manera incontrolable e impredecible, da lugar a fenómenos emergentes espontáneos, que chocan con lo previsto, lo preparado, o, simplemente, se enfrentan o asisten a nuestro propósito sin que necesariamente tengan un autor; incluso que ni tan siquiera hayan de ser producto de una intención. O sea: “Tendemos a percibir como justo aquello ajeno que tiene lugar de manera coherente con nuestra intención, sin embargo, entendemos como injusto lo que ocurre en contra de nuestro propósito.” Con esto en cuenta, podemos entender que para determinar lo que es justo o no lo es, se ha de usar una moral. Esa moral estará sujeta a una perspectiva particular de aquel que juzga, a unos intereses, a una cultura y a unos sesgos. Por tanto: “La justicia es un valor relativo, dependiente de quien la entiende y la define.” Adicionalmente, la justicia es un término binario con el que los eventos únicamente pueden ser entendidos como justos o injustos, quedando al margen el gradiente enorme de matices que puede haber en lo sucedido, dependiente esto de la perspectiva desde la que se experimenta. Siendo así, aquel que luche por la justicia, creará o entrará a formar parte de un conflicto, con una lucha falaz, contra eventos emergentes que se perciben como justos o injustos sin serlos de manera absoluta. Además, el justiciero batallará sin poseer argumentos sólidos para intervenir en favor de una u otra parte más allá de su criterio moral, sostenido en la necesidad de luchar y en hacerlo sin entender las implicaciones de ello. Justiciero: “El justiciero será aquel que obre con el propósito de manifestar la justicia.” Por tanto: “El justiciero obrará en favor de la justicia, lo que le hará parcial, siendo sus acciones y obras funcionales únicamente para aquellos que compartan sus principios, enfrentándole potencialmente a otros sujetos con intereses opuestos.” Por otro lado, tenemos a la figura del guerrero que, tal y como sospechas, se diferencia notablemente del justiciero. Aclaro que hablo del guerrero ideal, o sea, de aquel que resulta el arquetipo en que la Academia pretende convertir al alumnado, habiéndose de entender que no existirá humano infalible ni exento de sesgos. Un guerrero no ha de entrar en liza por cuestiones comunes y parciales, como pueden ser asuntos de justicia, dado que su potencial marcial hará que la lucha se torne siempre a su favor. Es por ello que el guerrero ha de entender con profundidad su contexto y las motivaciones de los opositores, así como las suyas propias. Solo así será que podrá determinar si el uso de la fuerza queda justificado de manera universal, y con ello, podrá asistir tanto al agente como al paciente. O sea, que cuando un guerrero haga uso de la fuerza, deberá tener en cuenta cuestiones superiores a la falaz y sesgadamente humana justicia. De esta manera podrá asegurar que, pese a imponerse sobre otros, defenderá los intereses de todos, tanto los suyos propios, como los de aquellos sobre los que se impone. “El guerrero luchará a favor del interés universal, lo que le hará imparcial, pues sus acciones asistirán a todos los implicados, pese a imponerse sobre algunos.” El guerrero y justiciero no son conceptos opuestos, pues son palabras con semánticas parcialmente compartidas. La parcialidad de la justicia podrá hacer que el guerrero sea percibido como un justiciero si obra ocasionalmente en coherencia con el propósito de aquellos que lo observan. Sin embargo, también podrá ser entendido como un villano cuando sus acciones no sean comprendidas o aceptadas por sus testigos. Tal y como no me canso de repetir, la calificación de benigno o villano es algo profundamente falaz y torpe que no responde a un ejercicio racional, sino a una catalogación con base en el estándar de comportamiento que tan solo resulta funcional en una fase elemental de la comprensión de las sociedades. “Un guerrero puede ser eventualmente entendido como un justiciero, mientras que un justiciero se aleja parcialmente de ser un verdadero guerrero.” Pongamos unos ejemplos posibles de conflicto, donde reflexionaremos sobre una hipotética intervención de un justiciero y de un guerrero: - Imaginemos que hay un hombre que está robando. Aquel a quien roba, lo cree injusto. Se puede entender, a grosso modo, que el justiciero actúa sobre el ladrón, pues es lo justo. El justiciero es percibido como tal por esa acción en contra de lo injusto. - Imaginemos ahora la misma situación, en la que disponemos de mayor información. En esta ocasión, hay un hombre, atribulado por las drogas, que está robando para dar de comer a su hijo menor, en riesgo de inanición. Aquel a quien roba, ajeno a estos datos, sigue entendiéndose como la víctima de una situación injusta, pues no posee la información necesaria para entender los motivos del hecho. ¿Qué es lo justo en esta situación? Para un guerrero, y según unos criterios marciales ilustrados, lo único lógico es facilitar el intercambio de información entre los implicados sin tomar parte en la disputa. Será de esta manera que los opositores dejarán de serlo, pues al compartir el grueso de los datos, podrán tomar conclusiones comunes dado que aparecerán propósitos compartidos. De esta forma, la solución del conflicto emerge de ellos mismos, pues aparecerá el acuerdo. Es así que los vectores de los intereses de los implicados se han modificado parcialmente, evitando la intersección que, a priori, se podía prever. Sin embargo, esta intervención no tiene lugar respecto a la justicia, sino que se sostiene en el interés de extinguir el conflicto sin hacer uso de la fuerza, minimizando los daños. Es importante entender que el hecho de obrar así, facilitando la comunicación y dejando las decisiones en manos de los implicados, no está sustentado en que el robo sea justo o injusto, ni en que sea justo o injusto que un niño muera por inanición. Esta obra está sustentada en que es más eficiente para la humanidad al completo que el niño sobreviva, pues será una mente pensante más, que podrá atesorar más conocimiento y facilitar la futura evolución de la sociedad a la que pertenece, así como otras. Y para que esto pueda tener lugar, ha sido utilizado el conocimiento como instrumento ejecutivo, que ha favorecido la transmisión de información como elemento funcional que ha dado lugar a la extinción del conflicto. Es así que emerge la mayor de las diferencias entre justiciero y guerrero: El justiciero hará cuanto esté en su mano por la justicia, usando la fuerza de ser necesario, pues quedará justificado su uso por su moral, lo que le hará parte de un conflicto que no tendrá fin, pues la justicia mutará en su definición conforme evolucione la perspectiva de aquellos que la exigen. El guerrero hará cuanto esté en su mano por minimizar los conflictos, lo que le habrá de mantener ajeno a ellos y, por tanto, no usará la fuerza, pues no quedará justificado salvo por el interés común, dado que de hacerlo para un interés particular, pasará a tomar parte en el conflicto, dificultando su extinción. De esta manera, el guerrero podrá y deberá estar profundamente entrenado, así como idealmente deberá hacer gala de un conocimiento marcial al máximo de sus posibilidades, pues tan solo desde la experiencia y seguridad podrá entender y manejar los pormenores del conflicto. Sin embargo, tan solo dispondrá de un arma universal que verdaderamente aplique a cualquier contexto en que puede surgir o haya surgido el conflicto; ese arma es el conocimiento. “El conocimiento es el arma más poderosa que ha existido, existe y existirá.” Concretando en nuestro ámbito laserino académico, es el Furasshu la figura que ha de ser entendida como un guerrero ilustrado. Por tanto, se puede entender que cuando hablo de guerrero, me refiero a cualquier individuo capacitado y profundamente formado en el control del conflicto, de manera general, sin especificar una tipología concreta. Siendo así, el Furasshu es aquel guerrero que ha alcanzado su estado por medio del estudio de la Esgrima Láser. “El Furasshu es el guerrero que ha adquirido su capacitación técnica, ética y filosófica por medio del estudio de la Esgrima Láser.” Por ende, el Furasshu hará uso del conocimiento como base de su intervención, debiéndose cultivar e ilustrar en la mayor profundidad posible, pues resultará más eficiente poseer un mayor volumen de saber que disponer de destreza en el manejo de un arma física. “Un arma sin conocimiento, ni tan siquiera lo es. El conocimiento sin un arma, aún lo puede todo.” – A partir de lo anteriormente expuesto, Maestro, se me plantean varias dudas: – Adelante con ellas, Javier. – ¿Sería el desconocimiento total del contexto de intervención lo que diferenciaría a un justiciero de un guerrero? Podemos entender, como ha apuntado, que el guerrero (o el Furasshu), en el caso particular que nos atañe, actúa por el bien común, usando la fuerza si es preciso, aunque siempre llevando el conocimiento por bandera, mientras que el justiciero actúa en pos de la justicia que él considera real a través de la fuerza. Por tanto, si un justiciero es ilustrado sobre el contexto antes de que este intervenga, con todo lo que dota de identidad el escenario, ¿pasaría a ser un guerrero, independientemente de su acción u omisión de acción? – De manera histórica, en casi todas las culturas se ha entendido la moral que rige la justicia como una herramienta para mantener el orden, y esto lleva inevitablemente a favorecer el conocimiento y su adquisición. O sea, que la justicia suele comprenderse como una manifestación vulgar y llana del interés común por mejorar el contexto social. Esto dicta que existan coincidencias entre el posible propósito del que pretende hacer justicia y el que pretende favorecer el conocimiento. “Lo que se suele entender como justo tiende a ser aquello que favorece el florecimiento o sostenimiento del conocimiento.” Sin embargo, pueden aparecer discrepancias, pues el que lucha por la justicia es cortoplacista, pretendiendo que su visión de lo justo se manifieste de una manera inmediata. Sin embargo, el que lucha por el conocimiento deberá tener su visión puesta en el horizonte, entendiendo que lo más eficiente puede resultar ser algo aparentemente disfuncional a corto plazo. Por tanto, se puede decir que la lucha por la justicia tiende a asemejarse a las soluciones ilustradas que pueden buscarse ante eventos inmediatos. “La justicia puede verse reflejada como un espejismo en la lucha por el conocimiento cuando el interés por aumentarlo aporte soluciones que coincidan con los intereses inmediatos de aquel que pide la justicia.” Teniendo todo esto en cuenta, podemos decir que la justicia, al ser un fenómeno relativo, puede coincidir eventualmente con la adquisición del conocimiento, dependiendo del observador. Por tanto, esa figura arquetípica del guerrero al que nos referimos podrá ser percibido como un justiciero, dado que, en ocasiones, sus acciones se entenderán como justas. Sin embargo, en otros momentos, se podrá convertir en un total villano para un observador profano, pues este no comprenderá los motivos ni la naturaleza de las acciones. Yo no entiendo que un justiciero pueda diferenciarse de un guerrero por el conocimiento del contexto de intervención. Sin embargo, se puede entender que un guerrero deberá de comprender su contexto para hacer más eficiente su esfuerzo, mientras que el justiciero luchará abanderando causas justas precisamente por no comprender la naturaleza de su universo. “Conocer el contexto proveerá de una perspectiva superior, que posibilitará la orientación del potencial hacia causas universales.” – Maestro, en relación con lo anterior, ¿qué ocurre si dos entes, pese a tener exactamente la misma formación marcial, conocen la misma cantidad de información respecto de la situación y se da el caso en el que ambos comparten visiones diferentes de lo que es el bien común? ¿Sería este el caso en el que, como comentaba antes, la figura del guerrero y la del justiciero se solapan? ¿Cómo distinguir ahí quién es el justiciero y quién es el guerrero? – Tengamos en cuenta que el hecho de que dos entes posean la misma cantidad de información no determina que la información sea la misma, sino que es el mismo volumen. Pasaría lo mismo con dos personas con carrera: un ingeniero aeroespacial y un lingüista. Suponiendo que ambos poseen un volumen similar de información, tienen perspectivas distintas de las cosas, pues su punto de vista está sustentado en las torres de su conocimiento, que pese a tener las mismas alturas, están en localizaciones distintas, ofreciendo caras diferentes de lo observado. Sin embargo, reorientando tu pregunta, si dos sujetos poseen la misma información sobre un conflicto, dependerá de su interés la decisión sobre la manera de actuar. Cuanta mayor información posean de ese conflicto, menor será el porcentaje de información que los diferencie, haciendo que sus decisiones sean cada vez más similares, pues su propósito también se irá asemejando. “Conforme aumenta el volumen de información de dos entes, aumentan las similitudes de sus intereses.” Respecto a la distinción entre el guerrero y el justiciero, sería complicado si su objetivo a corto plazo es similar o, incluso, si parece común. Sin embargo, el justiciero culminará su trabajo cuando entienda que se ha hecho justicia. Por otro lado, el guerrero entenderá ese objetivo cumplido como un paso más dado en su gesta de acumular y expandir el conocimiento. “El justiciero concluirá su trabajo, mientras que el guerrero jamás lo hará.” – Y la cosa, para mí, más importante ahora: ¿en qué medida se complementan ambas figuras con la figura del juez? ¿Sería este igual que un justiciero? – El juez es una persona que interpreta el ordenamiento jurídico, siempre en favor de la justicia y administrando esta. Al fin y al cabo, es un individuo que está condicionado por intereses, más o menos inmediatos, y que ha de mediar para que la sociedad pueda mantenerse estable. Esto lo convierte en una figura que está sujeta a la supervisión de su contexto personal. O sea, que un juez no puede obrar en relación a la previsión de que en el futuro su decisión tenga relevancia en aspectos diferentes a los que juzga. De igual manera, no podrá obrar omitiendo el conflicto o evitando que emerja, pues no tiene potestad para ello. Imaginemos que un hombre hurta los libros de la biblioteca de un pueblo rico, donde aparentemente no se usan, y los lleva a otro lugar: una aldea donde se está haciendo una escuela, que proveerá de conocimiento a muchas personas que aportarán ventaja futura, de manera universal. El juez habrá de juzgar el hurto, mediante la adquisición de pruebas inequívocas de una actividad tipificada como delictiva, independientemente de los motivos que se tengan, pues su papel es el de velar por el orden. Esto hará que la sociedad se mantenga estable, proveyendo de herramientas a otros para que puedan llevar libros a la aldea, de manera organizada y con el permiso de las autoridades. En según qué escala, el juez podrá ser entendido como un justiciero, pues estará velando por que se haga justicia, conforme a lo establecido. Eso genera conflicto entre la sociedad y el ladrón. Existirá un justiciero que entenderá el hurto como intolerable, pues la propiedad privada es lo justo, por tanto, tendrá un conflicto con el ladrón y la aldea que recibe los libros. Habrá otro tipo de justiciero que, de manera más cortoplacista, entenderá que es justo que los libros los tenga quien los utilice. Este podría ser el ladrón, dado que entiende que la justicia está por encima de los intereses de los individuos, incluso, de creerse muy ilustrado, por encima de la propia sociedad. Esto genera que el conflicto emerja entre él y la aldea, contra el juez y el pueblo. Sin embargo, el Furasshu, actuando como un verdadero guerrero y gracias a su conocimiento, será quien consiga que haya libros allá donde sean requeridos, sin privar a nadie de los suyos, pues eso asegurará que no emerja conflicto alguno, y en caso de llegar tarde, mitigará las heridas. - Un justiciero luchará por la justicia. - La sociedad determinará cuál es la naturaleza de la justicia. - Un juez dictará qué es lo justo. - La fuerza impondrá la justicia. - Un Furasshu, como guerrero, luchará por la expansión del conocimiento, evitando el conflicto, pese a la justicia. – Me queda clara la diferencia entre las anteriores figuras, Maestro. Hagamos, pues, por que el conocimiento y su expansión ajena al conflicto sea, pese a ser un objetivo más complejo. Quizás, algún día, el conflicto solo quede relegado a la dialéctica constructiva en pos de una evolución más sana y funcional de la sociedad. CUALIDADES En mi experiencia, la vida se resume en problemas y su resolución más eficiente. Entiendo que la calma se refiere al periodo de tiempo en el que un problema se resuelve y otro se manifiesta. Si bien existen numerosos matices, pues los problemas humanos son propios de nuestra especie, y esta, como compleja que es, trae consigo problemas de dimensión acorde a nuestra percepción de la realidad, podemos observar, fuera de las subjetividades a las que cada uno estamos sometidos, cómo existen diferencias evidentes entre el problema ocasionado por la caída del caramelo de un niño al suelo y el problema de un intérprete afgano, que ha de ocultarse por aquel país tan lejano, a causa de haber apoyado a EE.UU durante su estancia en dicho territorio. A menudo escuchamos la expresión “problemas del primer mundo”, haciendo referencia a aquella situación que, realmente, carece de trascendencia en la vida de la persona afectada por dicho evento. Aunque no es menester despreciar las afecciones emocionales de nadie, pues ninguno somos quién para imponer nuestra perspectiva “moralmente superior” y, a tenor del juicio de aquel “más madurada” sobre nadie, creo que cualquier lector de estas líneas coincidiría en que, depositando en una balanza las dos situaciones del párrafo anterior, podemos adivinar con certeza qué situación es la que muestra un mayor peso en el agravio derivado. Llamémosle, por el momento, sentido común. No obstante, y pese a que la mayoría de las personas recurriría a dicha etiqueta para catalogar lo que resulta obvio de la comparación anterior, querría apuntar lo que, para mí, resulta esencial a la hora de entender la magnitud de un problema: la experiencia. Cuando menciono el concepto de experiencia, me refiero a la acumulación de problemas y sus resoluciones a lo largo de la vida de una persona, por ende, cuanto mayor sea el número de problemas resueltos en la vida de una persona, menor agravio le producirán los problemas que ha de resolver en su cotidianidad. – Maestro, entiendo que estoy en lo cierto, con todo, no tengo claro cómo una persona pasa de entender como un problema la pérdida de un caramelo a ser capaz de afrontar el fuego sostenido sobre el pelotón del que uno forma parte en una zona de conflicto. No haré mención a la edad, pues tan solo muestra la cronología y, en relación a los problemas resueltos, una ratio que podría revelar, a priori, la capacitación para resolver problemas más evidentemente graves, como el que menciono ahora. Por ello, me gustaría saber su opinión: ¿qué hace falta en la vida de una persona para poder afrontar de manera mínimamente eficiente un problema tan crudo como una batalla de fuego real? – Javier, antes de nada, he de matizar que la proporción entre experiencia y facilidad de resolución de la que hablas, no siempre se cumple de manera lineal. Esto es debido a que, en ocasiones, tras la digestión de ciertas vivencias, con el tiempo, emergen miedos y otras dificultades que hacen más compleja la tarea de resolver. Ejemplo de esto son eventos de notable calado que, precisamente por aportar vivencias, práctica y hábito, dejan una cicatriz enorme en quien los experimenta. Es esta herida, cuando queda mal cerrada, dificulta volver a enfrentarse a determinados eventos. Con esto quiero decir que la experiencia adquirida resulta funcional, pues conforma la base de la destreza y la pericia. No obstante, hay acontecimientos que sobrepasan lo tolerable y lo digerible, haciendo que, en vez de aportar herramientas para solucionar situaciones futuras, dejen ciertas dificultades con las que es complejo lidiar, que harán más complicada la labor de resolver tesituras similares venideras. “La experiencia aporta capacidad de resolución, siempre que pueda ser analizada, interiorizada y asimilada.” Atendiendo a tu pregunta, sobre qué es necesario para la resolución de un intercambio de fuego real, tengo varias cosas que decir: Lo primero, debo romper el mito de que el mejor combatiente es quien vive para contarlo, pues no es necesariamente así. No son pocos los verdaderos guerreros que han caído como colateralidades de eventos de los que nunca fueron conscientes. Cabe apuntar que, en una zona de conflicto, la mayoría de las bajas tienen lugar como producto de artefactos explosivos improvisados, proyectiles perdidos, emboscadas y otras causas en las que no son aplicables las técnicas de intervención táctica que parecen convencionales. “No es mejor guerrero el que sobrevive, sino el que es más eficiente al combatir.” Obviamente, la capacitación previa a la contienda aporta una ventaja táctica notable, tanto por el hábito al estrés como por los recursos técnicos que se adquieren, más si cabe, cuando está especialmente destinada a la formación de un efectivo en un contexto concreto. Sin embargo, una vez que el fuego esté abierto y sea recíproco, pese a la mejor de las preparaciones, tan solo aumentará ligeramente la posibilidad de supervivencia, pues serán tantos los elementos desconocidos y aspectos fuera de control, que virtualmente es imposible conocer el desenlace del asalto. “Cualquier preparación posible para el combate aumentará las posibilidades de supervivencia, en ningún caso la asegurará.” En esencia, por muy hábil que sea un operador, queda inevitablemente sujeto a la entropía y caos propio del asalto, y con ello, el contexto del combate limita sus posibilidades de hacer uso de sus recursos. Podemos concluir que lo más eficiente es no exponerse al fuego respondido, evitando, en lo posible, la estancia en él. Es por ello que, en el entorno táctico profesional, se forma a los operadores en la metodología para obtener la iniciativa y acumular la mayor ventaja posible, antes de que se produzca el inicio del fuego. Así mismo, la formación se centra en aumentar la conciencia posicional y en aprender a mantener los medios y su configuración, pues dicha superioridad será más determinante que la operatividad de las armas en la refriega activa, que pese a todo, habrá de poseerse. “Es más eficiente evitar la apertura de fuego recíproco que operar con solvencia en él.” Con esto quiero decir que uno de los factores técnicos más importantes para superar el intercambio de fuego es la preparación del medio, así como la organización de la geometría de los elementos intervinientes. De esa forma, será ideal evitar la apertura del fuego recíproco, siendo ideal mantener la iniciativa y que únicamente sea el equipo agente el que abra fuego, reduciendo al mínimo las posibilidades de que el caos del asalto acontezca. Respecto a la psicología, para aumentar al máximo las posibilidades de éxito en un enfrentamiento armado de cualquier índole, el aspecto más importante es obrar desde la razón, evitando operar condicionado por las emociones, pues estas llevarán a la pulsión de huir de la técnica aprendida, haciendo que el agente actúe de manera instintiva, que normalmente resulta ineficiente en el contexto bélico moderno. “Se deberá obrar guiado por la razón.” Gracias a la razón se puede mantener la coherencia de la unidad, haciendo que el potencial resultante de la unión de los efectivos sea mayor que la suma de los potenciales individuales. O sea, que otro aspecto importante es mantener la unidad, pues los sujetos que conforman un grupo poseen un mayor valor unidos, actuando como un único ente. Esto es importante, pues cuando se comienza a recibir fuego, aparece el instinto de supervivencia individual. Es por ello fundamental estar entrenado en el estrés, dado que, al tener experiencia, se puede notar claramente la superioridad de un grupo cohesionado frente a un puñado de hombres divididos por el miedo. “Se deberá mantener la unidad.” Por último, y no menos importante, para salir exitoso de una refriega se precisa un mando capacitado, de notable experiencia, que haya atesorado la confianza de los hombres, que sepa organizar el equipo y tenga una notable capacidad de adaptación y resolución. Sin embargo, lo más importante de un mando es el ejemplo que ofrece, así como el soporte y tranquilidad que aporta a sus hombres, haciendo con esto que el potencial de cada uno de ellos sea maximizado, que la experiencia se acumule y que la unidad sea más resolutiva y orgánica. Hemos de tener en cuenta que, cada vez que los fusiles cantan, es fácil que las bajas surjan en ambos lados. Es por ello que un mando ha de estar preparado para contender con ello, pues pese al éxito del operativo, es posible que alguien haya perdido a un amigo. Es ahí donde el mando ha de demostrarse como una figura serena, casi paternal, haciendo que sus hombres sientan que están cuidados, que llorar es humano y que vivir es finito. “Será fundamental un mando, pues este representará la garantía del éxito, pese a que ya no sea posible.” – Revelador como siempre, Maestro. A tenor de lo último que usted apunta, me surge otra duda. Entendemos que el mindset apropiado de un buen operador, comprendiendo este como aquel capaz de hacer imperar la razón en situaciones de estrés máximo, ha de responder a unas bases psicológicas concretas. Al igual que ocurre con aquellos que son aptos para ser mandos. Son numerosos los modelos que miden los parámetros psicológicos que definen la personalidad del individuo; los modelos 16PF de Catell o el NEO PI-R de Costa y McCrae son algunos de los más famosos. En ambos casos, al igual que ocurre con el resto de métodos que persiguen el mismo fin, atienden a una configuración mental que permite descifrar el foro interno del individuo que se somete a las pruebas de cada uno de los anteriores modelos. Yendo al grano del asunto, en términos totalmente profanos, ¿qué características, a su juicio, debería reunir un buen operador y, paralelamente, un buen mando? – Un operador o un mando será funcional o disfuncional dependiendo de su capacidad de adaptación a su contexto operativo. Así pues, para determinar el operador más eficiente, será crucial valorar la capacidad de adaptación como un elemento fundamental. Además, es importante entender que cuanto mayor sea el espectro de contextos en que un sujeto pueda operar, mayor será el valor de este. Si aceptamos que para estar familiarizado con muchos contextos se ha de estar habituado a ellos, y que ese hábito se crea por exposición, podemos llegar a la conclusión de que un operador precisará de tanta experiencia como sea posible, así como la mayor amplitud entre los extremos de esa experiencia. A mi juicio, cualquier operador, ya sea un mando o parte de la tropa, habrá de poseer esos dos elementos fundamentales: capacidad de adaptación y experiencia. Adicionalmente, entiendo que existen otros cuatro aspectos que son pilares fundamentales sobre los que se ha de sostener cualquier figura de autoridad o ejemplo, pues lo harán más capaz que cualquier otro que no los posea. Honestidad: La honestidad es el primero de los aspectos que debe tener todo profesional, más si cabe, si trabaja en un ámbito de riesgo. En el ámbito operativo, que es el que nos concierne, la honestidad aporta facilidad para entender los límites propios, así como para aceptar estos. Con ello, cualquier operador podrá discernir, con cierta precisión, sus posibilidades de éxito ante un evento emergente, y por ende, decidir si acometer un operativo o la manera de llevarlo a cabo, evitando errores y acontecimientos donde pueda fracasar por estimar erróneamente sus capacidades. Así mismo, la honestidad hará sencilla y veraz la relación con el resto del equipo, lo que mantendrá cohesionada y libre de fricciones a la unidad. Sabiduría: La sabiduría es el nombre que uso para referirme al volumen de conocimientos atesorados, que debe de ser notablemente superior al de la mayoría del resto de los individuos, pues será esa información conjugada la que podrá resultar ser relevante para la resolución de problemáticas de diversa índole. En esencia, a mayor sabiduría, mayor capacidad de adaptación, pues con conocimiento será más sencilla la tarea de identificar elementos del contexto, así como sus posibles usos para dar lugar a soluciones. Coherencia / Consecuencia: La coherencia, o la capacidad de ser consecuente, puede ser entendida como la habilidad de mantenerse firme en el propósito pese a las adversidades encontradas, la facilidad para personificar aquello que se hace propio y la capacidad de asumir el resultado de nuestras acciones. Como es obvio, esta cualidad es fundamental para cualquier operador, independientemente de su grado, puesto que en el ejercicio de la fuerza son recurrentes las dificultades de todo tipo. Es por ello que la capacidad de compromiso con lo pretendido resulta útil en contextos donde el miedo puede hacer que desistamos en nuestro empeño de éxito. Así mismo, cualquier profesional del conflicto ha de ser un ejemplo vivo de su ética y su filosofía, pues deberá mostrarse auténtico ante el resto para posibilitar una relación honesta y fluida. La coherencia hará que sea posible entender las consecuencias de nuestros actos y nos dotará de poder para interiorizar y procesar los efectos de ello. Es importante no confundir la coherencia con la testarudez o terquedad. La coherencia será el hilo que una aquello que uno se proponga con el éxito de conseguirlo, por medio de métodos racionales. Por ende, el sujeto coherente entenderá que en ocasiones habrá que variar el camino de la línea recta, pues será más eficiente desviarse ligeramente que fracasar por empeño desmedido. Humildad: La humildad es entendida como la falta de necesidad por lo material o por la opinión ajena. Esto configura al sujeto humilde como alguien más capaz de reconocer sus errores, pues no tendrá ataduras materiales que perder y carecerá de la necesidad de mantener una imagen ante otros, siendo esta únicamente sostenida en sus actos. Así mismo, un sujeto humilde tendrá unas necesidades comedidas, pues sus aspiraciones estarán sujetas a su afán de crecimiento personal, dado que no invertirá su energía en sostener pertenencias o un estatus social ficticio. En el ámbito operativo, un sujeto humilde no implicará a su ego en sus decisiones, pues no tendrá necesidad de mostrarse de una forma concreta, lo que le hará adaptarse a la naturaleza de su objetivo. Igualmente, aquel que no sienta apego a lo material tendrá mayor posibilidad de supervivencia en contextos complicados, donde las pertenencias tan solo representan un lastre que el opositor podrá usar en nuestra contra. De esta manera, el humilde podrá dedicar más tiempo a su preparación y a su capacitación, y además, podrá hacerlo con una mayor predisposición al aprendizaje, pues no sentirá como un fracaso el hecho de mostrarse ignorante, obteniendo así un mayor nivel de operatividad que cualquier otro. Tal y como puedes ver, lo que considero fundamental para un operador o un mando son conceptos universales que predisponen a cualquier humano a ser un individuo íntegro, capaz de superarse, de resolver problemas de diversa índole y mostrarse siempre predispuesto a seguir con su camino de crecimiento. Entiendo que se podrían esperar conceptos más concretos que pudiesen ligarse directamente al contexto en que se está operando un arma. Sin embargo, cualquier operador con estos fundamentos podrá desarrollar cualquier destreza necesaria, pues tan solo lo separará de la excelencia el tiempo y el trabajo. Sin embargo, un sujeto que carezca de los conceptos tratados, por mucha destreza que posea, se verá constantemente desbordado por su ego, condicionado por sus sesgos, atribulado por sus errores y no será capaz de lidiar con ello como, seguro, no fue capaz de lidiar con otros eventos en el teatro de operaciones. La honestidad, la sabiduría, la coherencia y la humildad dan lugar a un sujeto que podrá adaptarse con facilidad a cualquier contexto operativo, así como a cualquier unidad, lo que le posicionará en ventaja frente a otros que no demuestren la misma elasticidad. Además, estos aspectos hacen que aumente la experiencia obtenida de una vivencia concreta, haciendo que se extraiga un mayor aprendizaje de un mismo tiempo y trabajo invertido. “La honestidad, la sabiduría, la coherencia y la humildad son elementos fundamentales con los que un sujeto podrá alcanzar la excelencia en cualquier ámbito, incluyendo la intervención armada.” Esto, dentro de la Academia de Esgrima Láser, es tenido en cuenta como parte elemental de sus fundamentos, quedando reflejado en el arquetipo que representa la figura del Furasshu, que es el fin último del esgrimista laserino, el cual, resulta ser un guerrero que posee, de manera notable, todos los aspectos fundamentales que he nombrado aquí. “El Furasshu, es un individuo honesto, sabio, consecuente y humilde, que haciendo uso de un pleno entendimiento de la Esgrima Láser, pone sus aptitudes, conocimientos y esfuerzo al servicio del saber universal”. En síntesis: “Un guerrero habrá de ser honesto, sabio, consecuente y humilde, pues será esto lo que le conferirá la capacidad de adaptación y experiencia con las que aumentará su posibilidad de éxito”. – Cuatro características ambiciosas y, al mismo tiempo, muy necesarias para cualquier persona que lleve por bandera la difusión del conocimiento en pos de decrecer el conflicto. Como siempre, gracias, Maestro. EL CARISMA DEL FURASSHU – Maestro, entiendo que el ego de uno mismo es lo que le hace ser capaz de sobreponerse y seguir avanzando en la línea que dibuja en su camino. Si no tuviéramos ese ego, o amor propio, acabaríamos por relativizar todo y dejaríamos de tener en cuenta aquello que resulta importante según en qué contextos, ¿estoy en lo cierto? – Javier, has de entender que el ego o el amor propio al que apelas es el nombre que se le da al interés por la integridad propia, normalmente en referencia al aspecto social del individuo. Por ende, dicho ego resulta ser un nombre que le damos al propósito de mantenernos a flote en el contexto en el que nos desenvolvemos. Sin embargo, al dejar de lado ese amor propio, comienzan a emerger otros intereses que pueden resultar igualmente atractivos, o incluso más. Como ejemplo conveniente, el interés por obtener el conocimiento y expandirlo es un propósito que está más allá de los límites que marcamos como amor propio, dejando este último concepto relegado, pues poco o nada aporta a la obtención del conocimiento, aparte de la pulsión por hacer que el individuo se mantenga activo para poder continuar en su afán de conocimiento. En definitiva, el amor propio mantiene al individuo dentro de un ámbito funcional y cómodo, mientras que, por otro lado, lo puede alejar de luchar por causas mayores a él, por el hecho de percibirlas nocivas para su estatus social o físico. - Cuando el amor propio es tenido en cuenta, se prioriza la integridad propia frente a otros fines menos inmediatos. - Cuando el amor propio es relegado a un segundo plano, se puede dedicar el esfuerzo a propósitos que trascienden al individuo, ya sea en tiempo, en espacio o en magnitud. No obstante, como digo, el amor propio ha de estar presente, pues forma parte del instinto humano de supervivencia y prevalencia en su entorno social. Sin embargo, únicamente ha de ser tenido en cuenta como testigo ante el peligro de que, por cualquier eventualidad, el individuo deje de ser operativo. Ejemplo de esto es cualquier figura que auxilie a otros, que deberá velar por mantenerse plenamente funcional, para poder seguir con su interés, el cual, le trasciende. Sin embargo, no deberá velar en exceso por su ego, dado que eso haría que su esfuerzo se dedicase a sí mismo, perdiendo potencial de auxilio a aquellos que lo precisan. “Dejar parcialmente de lado el ego o el amor propio es una expresión de la humildad, que hará al agente más eficiente el trato con otros, al intuir estos que el esfuerzo está orientado a asistir universalmente y dejando claro que no se persigue el enriquecimiento personal”. – Maestro, en este sentido, considero que un mando de cualquier tipo de unidad, un Furasshu o un Dekiru, sí que debería tener en cuenta las opiniones y pensamientos al respecto de aquellos con quien trabaja, pues depende de la integridad demostrada de este que el comando o alumnos operen, de forma natural e inconsciente, mejor que si no respetan a su mando. – Efectivamente. Javier. El mando ha de tener en cuenta la opiniones y pensamientos de aquellos que son sus hombres, entendiendo siempre que la responsabilidad es suya, tanto de la decisión como de las consecuencias, haciendo con ello más eficiente la labor de la unidad. Un mando ha de estar capacitado para su función, dependiendo los requerimientos de su capacitación del entorno y del medio en que se vayan a desarrollar sus funciones. Siendo así, parte de la capacitación ha de ser la habilidad para escuchar y entender a los subalternos, dado que ellos son fuentes de información que han de ser tenidas en cuenta para la correcta adquisición de los datos con los que se prepare la acción. Esto es algo que, de manera natural, es apreciado en las personas, pues aquellos que escuchan tienden a tomar decisiones más acertadas. Por ende, en la evolución humana, biológica y social, se ha valorado positivamente que un sujeto tenga en cuenta perspectivas ajenas a la suya, dado que eso es muestra de que está manejando más información que cualquier otro que la obvie. “La escucha a otros facilita la adquisición de información y eleva el respeto hacia el individuo”. – Comprendo lo que dice. Entiendo, pues, que aquellas personas capaces de mostrar un sacrificio mayor de aquel que le corresponde por contexto, en pos de beneficiar de forma altruista a los demás, son las mejores valoradas, esto es, aquellas que inspiran y por quienes merece la pena llegar hasta el final sin vacilación alguna. – Eso que mencionas como inspiración o entrega a una causa es ciertamente cualidad de un mando o docente plenamente operativo, la cual, cuando es percibida por otros, es llamada carisma. Por tanto, cualquier mando ha de poseer un carisma notable, que sea percibido con claridad y que le haga capaz de ser respetado y seguido por otros, como dices, de manera natural e inconsciente. Por tanto, toca definir qué es el carisma. Carisma: “El carisma de un sujeto es su capacidad de influir sin oposición en los observadores”. Al interactuar con el carisma se influye a otros, haciendo que voluntariamente orienten sus intereses al mismo sentido y dirección que los intereses de aquel que los guía. Esto genera aceptación de las ideas del agente por parte de aquellos que le observan, sin imposición alguna, por lo que no surge resistencia a ellas, y por ende, no se da lugar al conflicto. “El carisma consigue hacer que otros reorienten el vector de su interés, tendiendo a hacerlo paralelo al vector del interés del agente que ostente dicho carisma”. Podríamos decir que el carisma es la manera más eficiente de interactuar con aquellos con los que no pretendemos opositar. Siendo así, el carisma es un elemento básico para evitar que el conflicto emerja o se sostenga, sin necesidad ninguna de hacer uso de la ofensa. Remarco que el carisma también tiene un papel importante antes del conflicto. Una vez iniciado este, concretamente en la fase del asalto, donde los opositores ya pretenden el uso de las armas y la conclusión más veloz posible, el carisma pasa a llamarse faz. Es la expresión que se manifiesta ante el otro. El cambio del nombre se debe al hecho de que el carisma pretende cambiar el vector de interés sin que emerja el conflicto, lo que hace que, al estar ya el conflicto presente, se deba usar la faz para apelar a la expresión del tirador y así no caer en contradicción. “El carisma dentro del asalto será llamado faz”. Está claro que esta faz ha de ser controlada, pues es uno de los modificadores del medio. Cuanto mayor control se tenga de la faz, mayor será la posibilidad de influir en el opositor, potencialmente dificultando la obra opositora, auxiliando la obra propia o incluso sustituyéndola. “El carisma, como faz, usado dentro del asalto, podrá convertirse en un recurso con el que manejar la oposición sin necesidad de recurrir a la obra ejecutiva”. Sin embargo, es preciso entender que el carisma, en toda su dimensión, ha de partir de una base sólida, en la que el individuo sea percibido como un ejemplo a seguir. Esto hace que la expresión más eficiente del carisma sea aquella expresión genuina del agente, pues será la que más veraz resultará ante cualquier otro observador. Es por ello que la preparación de cualquier agente marcial habrá de estar centrada en pulir la totalidad de su naturaleza, pues será mediante la excelencia que el carisma se maximizará. Para ello, la manera más eficiente es hacer uso de la humildad y la honestidad, sabiendo que aquel que pretenda algo de otro habrá de ser capaz de llevarlo a cabo. Se habrá de ser humilde, puesto que ocasionalmente se podrá ordenar a otros hacer tareas que se consideren menores, algunas de las cuales no serán vistas como propias de una figura de autoridad. Es por ello que aquel que posea carisma, no dudará, ni dejará duda alguna, de que sería él quien primero comenzase con la labor, siendo recurrente dar la orden desde la faena. Igualmente, sabrá que, si es preciso, podrá llevar a cabo la orden íntegra él mismo, pues está capacitado para ello. Es así que cualquier subalterno se verá inspirado por aquel que demuestre estar capacitado para hacer lo que ordena, pues se verá como alguien de quien aprender y digno de auxilio y respeto. “La humildad aporta la posibilidad de comprender nuestros límites y los de otros”. Por otro lado, cualquier líder ha de ser honesto y entendido así por sus hombres, pues cada orden que se dicte habrá de estar sustentada en la reflexión y, sobre todo, en la conjugación de toda la información que se posea en el momento. Esto será una garantía para aquel que haya de cumplir la orden, pues se entiende que el mando está obrando con la mayor implicación posible, entendiendo que la posibilidad de errar está presente y asumiendo la responsabilidad en primera persona. “La honestidad es la base de la obra responsable”. – Entonces, por sintetizar todo lo expuesto en este capítulo, ¿sería el carisma una simbiosis entre la humildad y la honestidad o existen más elementos implícitos? – Javier, como sospechas, el carisma no solo emana de la humildad y la honestidad, sino que precisa de la sabiduría y la coherencia. Si una persona es únicamente notable en su humildad y honestidad, puede ser profundamente ignorante o incongruente entre su opinión y su obra. Por tanto, esa persona no resultaría ejemplo para muchos, pues se notaría que no es un sujeto íntegro, y por tanto, no se postula ni erige como alguien a imitar o seguir. Puedo decir que, para que un líder tenga éxito en la guía de sus efectivos, se precisa de la simbiosis entre los cuatro principios del Furasshu: honestidad, sabiduría, humildad y coherencia. “El carisma emerge al ser percibida la funcional comunión entre la honestidad, sabiduría, humildad y coherencia”. Sin la sabiduría, entendiéndose como el conocimiento atesorado por un individuo, las órdenes no podrían tener una justificación racional, lo que daría lugar a que los subalternos entendiesen las decisiones del mando como ineficientes, deficientes, arriesgadas o tendentes al fracaso. Es por ello que todo agente que pretenda el control de otros habrá de demostrar operatividad lógica, haciendo que lo requerido sea congruente con el contexto, aumentando la estadística de éxito y, por tanto, consiguiendo que otros pretendan imitarlo. Para ello, es crucial poseer datos, información y conocimiento sobre la unidad que se esté comandando, sobre el opositor y sobre el contexto. “La sabiduría aporta los datos en los que se basará la decisión”. Igualmente imprescindible es la coherencia, pues sin esta, nadie resultará un ejemplo a seguir. Tanto es así, que dicha coherencia es uno de los elementos más necesarios para la educación de cualquier sujeto, en especial en su niñez, pues el educador ha de resultar un referente claro, pidiendo aquello que ofrece y mostrando el camino a seguir siendo el primero en andarlo. No es distinto en la madurez del sujeto, puesto que un agente que actúe como su idea honesta dicta se percibirá como un sujeto predecible, y con ello, confiable. “La coherencia otorga verosimilitud a las ideas, pues permite la demostración empírica de su viabilidad”. EL FURASSHU COMO ARQUETIPO TEÓRICO Y MATERIAL – A partir de todo lo anterior referido al carisma, quisiera preguntarle: ¿hasta dónde llega la dimensión humana a la hora de aplicar lo tratado anteriormente? Dicho de otro modo: ¿qué es lo que distingue a alguien humanamente Furasshu del Furasshu teórico? – El Furasshu, en toda su dimensión, ha de comprenderse como un arquetipo, o sea, una meta a que perseguir, independientemente de ser alcanzable. “El arquetipo es aquella figura ideal a la que se aspira”. En nuestro caso, el arquetipo de Furasshu es lo que acertadamente llamas Furasshu teórico.
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